Como saben, me encantan las películas. Una de ellas, en la que Gael Garcia, interpreta a un médico que se enamora de una mujer desahuciada, me hace llorar cada vez que la veo.
La chica pasa sus últimos días, luego de reconciliarse con su propia mortalidad, organizando su propio funeral, ayudada por su madre. Un funeral bastante poco convencional. Un funeral repleto de música, payasos, artistas, acróbatas en medio de un ambiente alegre y festivo. Ella mientras tanto, observaba el espectáculo desde el mas allá, tomando una copa de champán y riendo acompañada de su ángel de la guarda.
Hoy en medio de una celebración de boda que casi no se da, por la muerte del abuelo de la novia, cuando la orquesta marcó el inicio de la fiesta por ese nuevo hogar que hoy se formó, comenzamos a bailar. De pronto, vi una silla. Acolchada, elegante, sobria y vacía y ubicada en un rincón del salón. Creo que era una de las sillas de los novio. Para ese momento de la tarde, ya estaba a un lado del salón, para dar espacio a la pista de baile. Entonces, vino a mi esa increíble sensación de estarlo viendo allí, sentado con la mano en la barbilla, recostado en uno de los brazos de la silla mirando el desarrollo del baile, y sonriendo, con toda su cara, con sus ojos, mejillas y labios. Con esa sonrisa pícara, del que sabe que todo está saliendo bien. Complacido de ver desde el otro lado, que la vida sigue y sigue. Que es una una fiesta que hay que bailar y gozar. Se hizo lo que pidió. Afortunados son los que pueden dejar el mundo con su voluntad cumplida.
Soy Pamela Cruz, escribiendo hoy 11/11/2017 desde una fiesta familiar celebrando la formación de un nuevo hogar fruto de quien hoy desde el cielo mira. #adioscompadre
