Hace muchos años vi una película que contaba la historia de un profesor respetadísimo en una de las universidades más antiguas de Europa. Fue castrado porque tuvo un romance con una joven virgen de alta alcurnia. Después de ello, ella ingresó a una congregación y él se convirtió monje. Siguieron escribiéndose hasta su muerte. Fueron enterrados juntos. La castración es el acto de eliminar los testículos en los hombres, práctica bastante popular entre los niños en el siglo XVI, quienes eran castrados para mantener su bella voz aguda de la niñez, aún después de adulto. Las consecuencias: pérdida de la libido y la imposibilidad absoluta de procrear. En esa película, el amor de los amantes, transcendía lo físico, porque estaba unida al amor espiritual, el eterno amor que sólo se da una vez en la vida, y que se manifiesta en el sentimiento, no sólo en el deseo. Tema bastante peculiar para escribir, Sin embargo, heme aquí, sentada en el computador dejando que mis dedos, conectados a mi corazón y por último a mis ojos, escriban.
"Traté de salvarlo pero no pude. Te quedaste sin ovarios". Fue lo primero que me dijo mi ginecóloga después de la operación. Había tenido tiempo para procesar la pérdida insospechada de mi útero y un ovario a mis 45 años; me habían hablado de la importancia de dejar uno para seguir produciendo hormonas, las culpables de nuestro estado de ánimo, de nuestras formas, de la libido y, según algunas mujeres con las que he conversado, de nuestra juventud. Alcancé a darles gracias (a mi utero y ovarios, por supuesto) por lo que me habían dado: mi precioso hijo, mi líbido, mi cuerpo, las hormonas suficientes para ser lo que era. De un día para otro quedaba sin nada. La implicación no la tenía clara. Tampoco importaba. No había nada que hacer para evitarlo. Y la verdad ni pensé en el tema. Había que hacerlo. Punto. Al día siguiente, mientras contaba los pormenores de la operación, me dijeron algo así como "esa operación es una castración femenina". Plop. Cuando la comparación es así de cruda, el golpe de realidad es un tirón desde las entrañas que me quedan y que se incuba en el pensamiento, evaluando mi vida y mi futuro. Qué deje de hacer, qué deje de tener, qué viene en mi vida, cómo va a ser esta etapa en la que ingresé, salvajemente un jueves cualquiera. La cosa podría ser pendeja si esto lo lee un hombre, pero, estoy convencida: muchas mujeres padecen en silencio el duelo de haber quedado literalmente Sin Huevos!!
En mi proceso de recuperación, he incorporado a mi vocabulario las palabras histerectomía, endometrioma, adherencias, reposo, abstinencia, píldoras, menopausia, reemplazo hormonal, entre otras. Las mujeres me dan consejos, me cuentan su experiencia. Me dicen qué hicieron, qué les funcionó y qué debo cuidar. Los hombres? Los hombres no tienen ni idea. No saben que significa la palabra. No la entienden. Enmudecen cuando explico. Uno de ellos me dijo, "Bueno, mejor que te lo quitaras, igual no servían para nada". Lo único que se me ocurrió preguntarle fue "Y si a ti te quitaran las bolas, como te sentirías?" Silencio. Yo estoy haciendo mi duelo. He dado gracias por lo que tuve y se fue. He sido bendecida por un hijo y por un esposo maravillosos. Por un cuerpo que se adapta al paso del tiempo, y por el convencimiento absoluto de que aún sin ese accesorio interno que alguna vez albergó durante 9 meses a mi bebé, sigo siendo una mujer completa, física, emocional y espiritualmente, como todas aquellas mujeres a las que les quitan partes internas o externas, y que pese a ello, descubren que la feminidad está en una parte bien adentro del cuerpo. Un lugar a donde solo nosotras tenemos acceso. En nuestro espíritu.
Soy Pamela Cruz escribiendo hoy 18 de enero 2018, 8 días después de volver a casa, dando gracias a Dios por todo el aprendizaje que estoy obteniendo poco a poco de esta experiencia, mientras admiro a todas las mujeres berracas que han seguido una vida normal, digna, moviéndose adelante como las mujeres completas que somos. Entre esas, las que en algún momento de la vida nos quedamos, Sin Huevos!!!
