Esta soy yo.


"Lo que inició como un espacio de desahogo, se convirtió en un espacio de testimonio. Lo que Dios ha hecho en mi vida, es mi deber contarlo. No para mí sino para glorificar Su Nombre, sobre todo nombre. Él vive, Él nos ama, Él es real. Él cambió mi vida, para siempre."

viernes, 10 de abril de 2020

Soltar


Hace casi 3 años a finales de abril del 2017, comenzaba mi viaje a Australia. Había sido seleccionada para pasar un mes en el país de los canguros visitando ciudades y conociendo algunas de las instituciones con las que tenemos convenio para reclutar estudiantes.

Llevábamos unas 5 interminables horas en el avión del tramo Los Ángeles- Sydney, después de unas 15 horas de vuelo en conexiones y aún nos faltaban 10 más. Siempre digo, cuando asesoro estudiantes, que el viaje es canalla pero el destino lo vale. Lo digo con conocimiento de causa. Estar metida en un vuelo con más de 300 pasajeros, cruzando el Pacifico, sin tierra a la vista, es una experiencia aterradora para una persona, que como yo, quiere tener todo bajo control. Mientras esperaba para ir baño, junto a la puerta de salida, imaginaba mil cosas que podrían pasar estando allí a miles de pies de altura. Entre otras, como se le ocurría al fabricante tener la puerta de salida al lado del baño. Qué tal que a alguien con pánico le diera por abrir la puerta?. Las turbulencias en un vuelo transcontinental son normales, los movimientos, son el pan de cada día en esas horas de avión. La angustia me tenía más atrapada que las circunstancias. Una de las auxiliares de vuelo me trataba de calmar. “Es normal que se mueva en el aire. No se preocupe”. Oraba, cerraba los ojos. Imaginaba mil terribles formas de morir en las alturas. “A eso se reduciría mi existencia?”, Pensaba.!!

Entonces, de alguna manera que aún no recuerdo, decidí, que si algo pasaba, pasaría. Que tendría que soltar esa angustia y ansiedad que me acompañaban. No podía hacer nada. No iba manejando ese enorme, enorme pájaro de acero de 4 secciones y 8 asientos y por lo menos 34 filas. No podía controlar nada fuera de mi. Iba sentada en la silla del medio y para rematar, en la última fila. Imagínense un vuelo de 15 horas en la última fila del avión, con dos enormes personas a tu costado. Detrás de ti solo el baño y el espacio para los alimentos. Solo controlaba mi espacio de enfrente, mi silla y mi cuerpo. Allí decidí que tendría que soltarle el control al piloto y por ende, a Dios. Mentalmente le delegué el control de mi vida, le pedí a Dios que lo guiara en el resto de viaje, también le pedí que me llenara de paz y acto seguido me dispuse a una maratón absurda de películas hasta que llegué a mi destino.

Soltar, amigos, es un acto de Fe. Como cuando flotas en el agua, concentrada en mantener encima del agua. Cuando le pones la vida a un piloto que no conoces y confías que te en lleve a buen puerto, sana y salva. Cuando aprendes a montar en cicla, y tu padre te suelta confiado en que te mantendrás andando. Soltar no es fácil. No ha sido para mí fácil nunca. Es el problema de nosotros los controladores. Pero a veces, la vida nos obliga. La vida nos pone en esa situación imposible donde intentar controlar no sólo duele: lastima, angustia y enferma. Soltar entonces, se convierte en la única opción posible para seguir cuerdos, libres, sanos.

Soy Pamela Cruz, escribiendo hoy 10 de abril del 2020, mientras me tomo un vino exquisito que mi esposo decidió “soltar” para que lo disfrutáramos hoy, reflexionando sobre ese Poder que tenemos nosotros: ese que obtenemos “cuando decidimos aceptarlo”. Soltar lo que no controlamos mientras mantenemos #laFeIntacta

2 comentarios:

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