Hace casi 3 años a finales de abril del 2017, comenzaba mi
viaje a Australia. Había sido seleccionada para pasar un mes en el país de los
canguros visitando ciudades y conociendo algunas de las instituciones con las
que tenemos convenio para reclutar estudiantes.
Llevábamos unas 5 interminables horas en el avión del tramo
Los Ángeles- Sydney, después de unas 15 horas de vuelo en conexiones y aún nos
faltaban 10 más. Siempre digo, cuando asesoro estudiantes, que el viaje es
canalla pero el destino lo vale. Lo digo con conocimiento de causa. Estar
metida en un vuelo con más de 300 pasajeros, cruzando el Pacifico, sin tierra a
la vista, es una experiencia aterradora para una persona, que como yo, quiere
tener todo bajo control. Mientras esperaba para ir baño, junto a la puerta de
salida, imaginaba mil cosas que podrían pasar estando allí a miles de pies de
altura. Entre otras, como se le ocurría al fabricante tener la puerta de salida
al lado del baño. Qué tal que a alguien con pánico le diera por abrir la puerta?.
Las turbulencias en un vuelo transcontinental son normales, los movimientos,
son el pan de cada día en esas horas de avión. La angustia me tenía más
atrapada que las circunstancias. Una de las auxiliares de vuelo me trataba de
calmar. “Es normal que se mueva en el aire. No se preocupe”. Oraba, cerraba los
ojos. Imaginaba mil terribles formas de morir en las alturas. “A eso se reduciría
mi existencia?”, Pensaba.!!
Entonces, de alguna manera que aún no recuerdo, decidí, que
si algo pasaba, pasaría. Que tendría que soltar esa angustia y ansiedad que me
acompañaban. No podía hacer nada. No iba manejando ese enorme, enorme pájaro de
acero de 4 secciones y 8 asientos y por lo menos 34 filas. No podía controlar
nada fuera de mi. Iba sentada en la silla del medio y para rematar, en la última
fila. Imagínense un vuelo de 15 horas en la última fila del avión, con dos
enormes personas a tu costado. Detrás de ti solo el baño y el espacio para los
alimentos. Solo controlaba mi espacio de enfrente, mi silla y mi cuerpo. Allí
decidí que tendría que soltarle el control al piloto y por ende, a Dios. Mentalmente le delegué el
control de mi vida, le pedí a Dios que lo guiara en el resto de viaje, también le
pedí que me llenara de paz y acto seguido me dispuse a una maratón absurda de películas
hasta que llegué a mi destino.
Soltar, amigos, es un acto de Fe. Como cuando flotas en el agua, concentrada en mantener encima del agua. Cuando le pones la vida a un piloto que no
conoces y confías que te en lleve a buen puerto, sana y salva. Cuando aprendes
a montar en cicla, y tu padre te suelta confiado en que te mantendrás andando.
Soltar no es fácil. No ha sido para mí fácil nunca. Es el problema de nosotros los
controladores. Pero a veces, la vida nos obliga. La vida nos pone en esa situación
imposible donde intentar controlar no sólo duele: lastima, angustia y enferma. Soltar
entonces, se convierte en la única opción posible para seguir cuerdos, libres,
sanos.
Soy Pamela Cruz, escribiendo hoy 10 de abril del 2020,
mientras me tomo un vino exquisito que mi esposo decidió “soltar” para que lo
disfrutáramos hoy, reflexionando sobre ese Poder que tenemos nosotros: ese que obtenemos “cuando decidimos aceptarlo”. Soltar
lo que no controlamos mientras mantenemos #laFeIntacta

Me encantó, eso es lo que nos falta a muchos seres humanos, aprender a soltar.
ResponderEliminarGracias por leerme. Y por soltar.
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