Esta soy yo.


"Lo que inició como un espacio de desahogo, se convirtió en un espacio de testimonio. Lo que Dios ha hecho en mi vida, es mi deber contarlo. No para mí sino para glorificar Su Nombre, sobre todo nombre. Él vive, Él nos ama, Él es real. Él cambió mi vida, para siempre."

martes, 26 de noviembre de 2024

¡Rompan el techo!


Hace dos días llegó a mis manos una canción que no he dejado de entonar. 

Cada vez que la escucho lloro, como llora la adoradora que la canta. Cada vez que la escucho siento remover mis fibras más sensibles. Cada vez que la escucho desmenuzo la letra una y otra vez. 

Se trata de la historia de un paralítico que fue llevado a Jesús para que lo sanara, pero cuando llegó estaba tan atestado el lugar que sus amigos lo encaramaron en los techos vecinos y literalmente lo metieron rompiendo el techo de la casa donde predicaba Jesús. Si no entraban por la puerta entrarían con él por cualquier lugar. 

Imagino que las ventanas tampoco estaban libres y si había una puerta trasera, estaba igual de atestada. 

Imagino que el pobre hombre, sólo quería que alguien lo sanara y no sabía cómo conseguirlo. No podía arrastrarse hasta ese lugar. Sufría. Estaba lisiado de por vida, condenado a una cama, y la misericordia de los demás, viendo la vida pasar, sin participar. Y de pronto llega a sus oídos la historia de un sanador, pero él no sabe qué hacer para verlo. Se siente impotente. Le duele saber que puede sanar a otros porque de alguna forma logran llegar hasta donde és está y él no. 

Imagino que de pronto esos que los cargaron eran sus amigos de infancia, o sus vecinos que lo ven angustiado sin saber que hacer para ayudarlo. Los mueve la compasión o la amistad, se ponen de acuerdo, lo cargan y dicen entre ellos "pilas llevémoslo. No podemos dejar que se pase la oportunidad. Ayudémoslo. Es nuestro amigo". 

Y cargan con ese peso entre ellos. Pero no basta con llevarlo. El hombre está cerca pero sigue sin ser sanado, imagino que les implora, "no me dejen a medio camino. Ayudenme hasta el final. Yo quiero estar alli. A ver si me puede sanar". 

A estos amigos se les ocurre meterse como sea a esa casa. Rompen el techo y en un acto inesperado, el hombre irrumpe triunfalmente en la habitacion, ante la vista incrédula de los demás. 

Vaya atrevimiento el de esos amigos, vaya atrevimiento el del paralítico. Allí está, frente a Jesús, que lo ve con compasion infinita y, sorprendido por la fe de sus amigos, lo sana. El milagro se da. Y bendito Jesús que lo hace. 

¿Qué hubiera sido de este hombre sin sus amigos? No hubiera recibido esa bendición, si no lo hubieran cargado; si no hubiera sido superior el amor por su amigo a la verguenza, a la pereza, o al que dirán, el paralitico no sería parte de la historia de aquella sanación espectacular. 

Benditos los amigos que, cuando te encuentras paralítico del dolor, de la angustia, de la verguenza, de la tristeza, llegan por ti. Te toman en sus hombros y comienzan a caminar contigo a cuestas y te llevan, así sea a rastras, a la presencia del médico que puede sanar ese dolor que te agobia. Y si la puerta no está disponible, o no sabes como entrar, toman tu caso tan a pecho, que son capaces de buscar y conseguir que los demás te ayuden a ingresar. 

Yo he tenido y tengo esos amigos en mi vida. Nunca lo vi asi hasta hoy, cuando esta canción me recordó una época en la que estaba paralizada de la angustia y el dolor. No sabía ni siquiera que necesitaba llegar a los pies de Jesús para sanarme, pero un amigo, lo hizo por mí. Se tomó el trabajo de llorar conmigo, de hablar conmigo, de leer conmigo, de orar conmigo, en mis dias oscuridad. Oró y oró hasta que el techo rompió y pude estar allí, enfrente de Él con mi dolor. El resto lo ha hizo Jesús, pero sin ese amigo, yo no hubiera podido, ni siquiera alcanzar hasta ese techo duro de romper. 

Benditos los que cargan a un paralitico, para llevarlo al sanador. Bendita la amistad que les permite actuar por amor. 

Soy Pamela Cruz escribiendo hoy 26 de noviembre, honrando la vida de esos amigos que son rompedores de techos, de esos que nos ven destruídos, disminuidos, derrotados y se atreven a llevarnos al Sanador, rompiendo el techo por nosotros, cuando no podemos en nuestras limitadas fuerzas. Sobre todo honro la vida de ese amigo... tú sabes quien eres. ¡Gracias por romper el techo para mí!


Entró Jesús otra vez en Capernaum después de algunos días; y se oyó que estaba en casa. E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra. Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro. Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados... 

 11 A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. 12 Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.

Marcos 2:1-5,11-12 

domingo, 24 de noviembre de 2024

El Club


Mi esposo tiene un grupo de amigos con los que se reúne religiosamente cada semana. 
Se turnan casa, el anfitrión brinda la cena y durante unas horas se ponen al día en sus actividades, discuten de política, de comida, de futbol y todo alrededor del dominó.

A mí ese juego nunca me ha gustado porque nunca lo he entendido. Requiere de una lógica de la que creo que carezco y de una destreza para detectar las fichas de los demás, y poder, entre tu compañero y tú, derrotar a los oponentes.

Cuando es en mi casa, yo me encierro en mi cuarto de estudio, y los escucho gritar, reírse y golpear las fichas alegremente.

Durante el año, pocas veces han suspendido las jornadas, por causas de fuerza mayor. Mejor dicho, llueva, truene o relampaguee, allí está ese grupo de escandalosos deportistas de mesa en su cita semanal. Me alegra el corazón, y confieso que me daba mucha envidia ver como ese grupo de ocho hombres maduros, disciplinadamente se reúne sin excusas para compartir algo en común.

Hace unos años cayó en mis manos un libro que me cambió para siempre. Ese libro que me confrontó con toda mi esencia como mujer, esposa, madre, amiga, hija del Padre. Me contaba una realidad que hasta entonces no había visto ni contemplado de mí misma, ni de la mujer actual.

En su momento estaba tan ansiosa de contárselo al mundo que hice un par de LIVE con el primer y segundo capítulo para que la gente se animara a leerlo conmigo, en Vivo. ¡Que ilusa!  También lo regalé a un par de amigas que se parecen mucho a mi y que yo sentía que “debían leerlo” para que les descorrieran los velos que a mí me había descorrido esa lectura. Todo fue en vano.

Finalmente, mi librito quedo guardado en la biblioteca en espera de una oportunidad mejor para compartirlo. Y esa oportunidad llegó hace un mes.

En un impulso motivado por las porquerías que estoy viendo en materia de música compuesta por mujeres, cantada por mujeres y dirigida para mujeres, donde nos gritan “empodérate, sé libre, perrea, eres mejor que el hombre, usa tu cuerpo mal pa’ pasarlo bien, factura más y llora menos”, llamé a unas amigas y les propuse leer juntas ese librito, porque todas tenemos hijos e hijas  y porque sentía la necesidad de prepararnos y prepararlos para hacer frente a este desastre de “guerra de sexos” que ahora se hace mas descarado que nunca.

Comencé orando y pidiendo a Dios que ninguna tuviera obstáculos para llegar a casa. Que tuviéramos el libro, que tuviéramos el corazón dispuesto. Que viniéramos con alegría. Que no miráramos el reloj. ¡Tantas cosas pedía en oración!

Mi anterior club, claudicó por la presión del tiempo sobre nuestras agitadas vidas y por la presión de la verdad que, a algunas nos costaba asimilar. La verdad duele, “pero nos hace libres” dice el Señor. Y para algunas, es mejor no sentir dolor que vivir en libertad.

Pues bien, mi oración ha sido contestada y tras cuatro sábados continuos de reuniones, hoy me levanté con un profundo agradecimiento al Señor porque recordé las imágenes que me han acompañado en estos sábados:

“Cinco mujeres que apartaron de su ajetreada agenda de mamás, un espacio que comenzó de dos horas y terminó siendo media jornada del día, llegando puntuales a la casa de la anfitriona como jamás pensé verlas: radiantes, alegres, con un bolso donde hay muchas cosas de nosotras las mujeres, y además un libro, resaltadores, una biblia en algunas y en otras, una Biblia digital”.

Ayer fui consciente de que teníamos un club. ¡Que risa! Así se llama el grupo: Club de Lectura. Pero ayer supe que teníamos un Club de verdad, verdad. Como el que soñaba de niña cuando hacía carpas con sábanas, para invitar a amigas que nunca fueron para compartir secretos en común.

Este precioso club, comparte secretos. Secretos del cielo que nos son revelados a medida que nos adentramos en la Palabra. Compartimos alimento espiritual y físico. Leemos, en un orden aleatorio y tan perfecto, que cada una termina leyendo algo que responde a su situación particular de ese día.

En nuestro club, el tiempo no pasa, las risas se escuchan, las lágrimas se enjuagan, los abrazos consuelan. Este club ha sido una oración de mi alma y contestada en el cielo, por esa intimidad que pensé que no volvería sentir con cinco amigas escudriñando juntas, la Palabra mientras entre nosotras se siguen forjando lazos y lazos que nos hacen más fuerte con el pasar de los días.

Soy Pamela Cruz escribiendo hoy 24 de noviembre del 2024 con mi corazón agradecido, porque el Señor ha permitido un espacio para aprender más del diseño divino que Dios quiso con nosotras y el privilegio de hacerlo con ellas, mis amigas. 

domingo, 17 de noviembre de 2024

¡Conmigo danza!



Estudié en un colegio presbiteriano y durante todos los años que estuve allí siempre pertenecí y procuré permanecer en los coros que se armaban para los diferentes eventos organizados: celebracion de aniversario, día de la madre, Semana Santa, fin de curso, fiestas patrias. En fin! Siempre estaba presta a participar no solo en canto sino en cualquier actividad artística y musical, pese a que, con el tiempo, he descubierto que me da verguenza la cámara. Antes uno actuaba y no quedaba evidencia de las metidas de pata. 😂

Siempre me ha gustado cantar. No tengo la mejor voz del mundo, de hecho cuando era pequeña sufría por una ronquera que nunca se iba y que me obligaba a forzar la voz mientras cantaba. 

He descubierto el placer infinito que me da cantar alabanzas. Desde hace muchos años las cantaba pero eran letras que muchas veces repetía sin comprender su significado real.

Hace cuatro años, cambié mis preferencias musicales porque cantar y escuchar alabanzas me llena de una profunda alegría. A veces se salen mis gallos, a veces desentono, miro para ambos lados y sigo entendiendo que a mi Audiencia Principal, poco le importa mi gallo suelto sino la alegría y el gozo con el que entono una canción. 

He estado leyendo un libro muy, pero muy hermoso, sobre como aumentar la intimidad con Dios. Causamente, una amiga me pidió ayuda en ese tema... y yo me comencé a preguntar lo mismo. A veces un ciego le pide a otro ciego que lo ayude a ver... y en esos casos, el Señor en su misericordia obra, encendiendo una luz para las dos, y lograr juntas recorrer el camino. 

Pues bien, en la búsqueda de ayudar a mi amiga, me ayudó ella a mí. Con este librito, práctico he comenzado a conocer más a quien quiero agradar y entre las cosas que he descubierto que le gustan, se encuentra la alabanza. Lo que yo hacía por mero instinto, ya tiene sustento en los cientos de pasajes que inundan la Biblia en distintos momentos y epocas recorridas en la lectura y donde se exalta la alabanza como forma de agradar, adorar y agradecer al Señor.

Recordé entonces, algo que me pasó hace un par de meses, cuando estaba en recuperación, por una operacion de columna muy dolorosa. 

Una tarde me recosté en el sofá de mi sala a escuchar alabanzas. Intentaba pensar en otra cosa que no fuera el malestar que sentía. Me quedé dormida y me despertó una canción hermosa, que nunca había escuchado antes. La voz era tan pero tan dulce, que la escuché, una y otra vez hasta que llegó la noche. 

Esa misma noche intentaba dormir pero la molestia era demasiado intensa. Me levantaba, me volvía a acomodar, me acostaba, me volteaba sin poder conciliar el sueño. De repente, en algún punto logré dormir y descansar. Durante el resto de la noche, me sucedió algo que jamás en mi vida había experimentado: Dormida, yo cantaba esa cancion, y dormida, sorprendida me decía a mi misma "¡Cómo puedo estar cantando esta canción si estoy dormida!"

Al dia siguiente, me levanté sin dolor y descansada y le dije a mi esposo "Oye estuve cantando esta canción TODA la noche, pero yo misma me sorprendia de cantarla mientras dormia. El me respondió: "Tu alma cantó la cancion. Tu alma te arrulló". 

Recordé ese episodio hoy, cuando leía lo que le gustaba al Señor y lloré intensamente, no de dolor, no de tristeza, lloré al comprender lo que esperaba de los que creemos en Él: 

Alabarle, si estamos alegres, 

Alabarle, si estamos tristes, 

Alabarle, si estamos enojados, 

Alabarle si estamos perdidos, 

Alabarle si estamos sediendos, 

Alabarle si estamos saciados. 

Alabadle en todo momento, en todo lugar, en toda circunstancia. 

Y si no puedes, tu alma, seguro entonará la canción por ti, y alabará en tu nombre. 

Soy Pamela Cruz escribiendo hoy 17 de noviembre del 2024, compartiendo un episodio de mi vida que atesoraba para mi, pero que entendí que debo compartir con aquellos timidos que creen que tienen mala voz o no son dignos de alabar. ¡ALABA!

Por las noches busqué en mi lecho al que ama mi alma; Lo busqué, y no lo hallé. Y dije: Me levantaré ahora, y rodearé por la ciudad; Por las calles y por las plazas Buscaré al que ama mi alma; Lo busqué, y no lo hallé. Me hallaron los guardas que rondan la ciudad, Y les dije: ¿Habéis visto al que ama mi alma? Apenas hube pasado de ellos un poco, Hallé luego al que ama mi alma; Lo así, y no lo dejé, Hasta que lo metí en casa de mi madre, Y en la cámara de la que me dio a luz. Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, Por los corzos y por las ciervas del campo, Que no despertéis ni hagáis velar al amor, Hasta que quiera.

Cantares 3:1-5 RVR1960


Si crees que este mensaje puede ayudar a alguien, compartelo. 😍