Cuando era pequeña, dos juegos mantenían ocupadas nuestras tardes de vacaciones: Hagase Rico y ArmaTodo. En el uno jugábamos con dinero de mentiras y ganaba quien se apoderara de todas las propiedades y quebrara al resto. Podíamos amanecer sin que ninguna se diera por vencida, sostenidas por nuestro orgullo y con algunos billeticos de juguete en el bolsillo. El otro, bueno, el otro era un juego de hacer casas, edificios y tumbar y de nuevo armar. Recuerdo la sensación de poder que me invadía cuando desarmaba y armaba otro nuevo edificio. Por un lado, era tristeza por el tiempo gastado. Por el otro, era esa sensación todopoderosa de tener el control absoluto de hacer y deshacer a mi antojo.
La noticia de la semana, la que se anuncia con bombos y platillos, es que el Distrito reconstruirá la carrera 38. Para generaciones anteriores a la de los 90's, esta calle conectaba entre otros, a los amantes que viajaban desde la 38 con 80 hasta la vía Juan Mina, con sus nidos de amor por horas. Yo la recuerdo, además, porque en el colegio, mis sesiones de Vigías de la salud se llevaban a cabo en el humildisímo barrio La Pradera y el bus escolar nos dejaba y nos recogía justo en la entrada del famoso Maracaná.
Hace poco más de 10 años, un grupo de empresas constructoras, compraron terrenos prohibidos para la construcción a sabiendas de la situación inestable geológicamente hablando de los suelos, documentada por el urbanizador, Karl C Parrish, y construyeron el sueño de muchas personas que pusieron los ahorros de su vida en una nueva vivienda. Las mismas personas vieron cómo se desmoronaban sus sueños con ellos dentro y tuvieron que salir, literalmente, corriendo mientras sus casas se caían como castillo de naipes. La tierra señores, la tierra, tarde o temprano se cobra la agresión. Esos urbanizadores vendieron sus construcciones, se volvieron más ricos con ellas y cuando las demandas llegaron, el Distrito, osea nosotros, pagamos por su irresponsable acción. Ahora, indemnizados los habitantes, destruida una calle -daño colateral del desastre, se anuncia con bombos y platillos, la reconstrucción de la misma con dineros de los impuestos. De esos que servirían para terminar las calles y carreras de los barrios pobrísimos que inundan la circunvalar. Yo siento asco, vergüenza y una tremenda impotencia. Uno de esos constructores que ahora estará al frente de la orgullosa reconstrucción, como una hazaña más de su administración, creo que siente lo que yo sentía cuando jugaba ArmoTodo: una tremenda sensación de poder.
Soy Pamela Cruz escribiendo hoy 16 de julio 2016 tratando de eliminar con mis letras ese terrible mal sabor en la boca que siento cuando mis ojos no dan crédito a lo que leen, y nadie se da cuenta aún que nos tratan como Echeverri, el siempre estafado personaje de Sábados Felices.