Hace poco menos de 10 años, en mi primer viaje a México, conocí a una Mexicana con acento Argentino. Ella, en un día soleado mientras caminábamos juntas por las calles de la bellísima Morelia, me contó su historia. Llegó de Argentina hacía algunas décadas siendo muy joven, escapando de las garras de la dictadura. Atrás había dejado a su familia, a un hermano muerto y había huido en un carro viejo, a escondidas, dejando una vida para inventarse otra. Recuerdo aún la triste sensación que me produjo su historia. Ella, una mujer mucho mayor que yo, pero con un espíritu muy joven, sobreviviendo a la muerte. México la acogió y la cuidó, al punto que ella no sabe a que país ama más.
Hace un par de meses conocí una venezolana que salió literalmente corriendo de un país donde el trabajo escasea y, embarazada de su esposo colombiano dejó su tierra, su comida y su familia porque su vida allí era insostenible. Ellos se habían conocido en el vecino país hasta que la política de Chavez lo destruyó todo.
El año pasado conocí a un cubano que había huido de su isla cuando era un adolescente. Hasta hace unos meses había podido reunirse con su hijo luego de sacarlo, con mucho esfuerzo y dinero, de la Cuba de Fidel.
Yo misma soy fruto del desplazamiento de mis padres, y ellos de los suyos a causa de una violencia. Sus historias de huida en medio de la noche, corriendo por sus vidas, siendo aún niños, parecen fantasía.
Hace un par de meses, un amigo me comentaba sobre la oleada de venezolanos en Colombia, quejándose de las oportunidades que nos "robaban" a los colombianos. Recordé aquel sentimiento extraño que sentí la primera vez que conocí a una trabajadora venezolana en Colombia. Sentí que nos estaban invadiendo. Luego de unos minutos, y después de escuchar todo lo que vivió en su país y la tristeza con la que se desprendió de aquella Venezuela que amaba y decidió abandonarlo todo, sentí un profundo dolor. Ella, sentada en mi escritorio sólo quería sentirse segura, tener comida todos los días, no ser agredida. Y nosotros, en medio de nuestro propios problemas, habíamos sido capaces de ofrecerle refugio.
Este país ha recibido judíos, españoles, árabes, chilenos, alemanes, italianos, argentinos, chinos, japoneses que llegaron en busca de paz, desde confines de la tierra afectados por guerras, conflictos o recesiones. De la misma forma, el mundo le ha abierto las puertas a todos los valientes que han huido de alguno de los 50 años de nuestra historia de sangre y violencia. Ellos también fueron inmigrantes legales o ilegales y lograron crear un espacio en el país que los acogió. Todos, incluso los expatriados voluntariamente, viven con una nostalgia de tierra que tratan de sobrellevar con detalles que a nosotros nos parecen cursis. (Hamacas, artesanías que jamas veríamos en nuestra sala nosotros los que vivimos en Colombia). Procuran mantener sus costumbres en la lengua, en la comida o en sus tradiciones en un esfuerzo supremo por no olvidar, en aquellas tierras, lo más sagrado que tenemos como seres humanos, las raíces.
Soy Pamela Cruz, hoy 12 de noviembre 2016, escribiendo para todos aquellos curas que olvidaron que alguna vez fueron sacristanes. A todos los que ahora se sienten amenazados por la siguiente ola de compatriotas y dan la espalda a esos que, como ellos, sólo buscan un lugar seguro en el mundo.
Imagen: Cortesia de e-faro
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