En casa tuvimos perro desde que tenía como 8 años. Mi papá sucumbió a la tentación, fruto de la continua presión de tres mujeres que le hicieron prácticamente la vida imposible hasta que adoptó a Lulú. Una extraña mezcla de Pequinés, con Cacri y cooker. Lulú había intentado suicidarse desde el segundo piso de la casa donde vivía. Simplemente no se entendía con sus dueños. No se querían. Y la perra lo sabía. Desde que llegó, la amamos con loca pasión. Mi padre era absolutamente indiferente a sus ojos tristones. A su mirada encantadora y a la cola enloquecida que ondeaba cuando estaba feliz. Sabía cuando él llegaba. Desde la terraza, donde descansaba en una silla sólo para ella, se lanzaba en una carrera desenfrenada por el pasillo de nuestra casa, hasta la puerta principal antes que le abriéramos a mi padre, solo para darle vueltas como un muñeco de pilas, y ladrando con la más grande alegría que no le era correspondida. Siempre pensamos que mi padre no la quería, hasta que la vio enferma y salió con ella como un lunático buscando veterinaria para salvarla de la hepatitis. Todos los días le daba su medicina y supervisaba su recuperación. Así supimos que él, a pesar de no decirlo, la amaba. Gracias a Lulú, en casa estuvieron Bummer, un pastor alemán, que murió envenenado, Pitufa y Benji, los hijos de Lulú y Pillín, el perro del vecino, a quienes mi padre rebautizo, Nieves (Pitufa) y Tribilin / Monchito para Benji. Así fue: Un perro con tres nombres. Y a los tres, respondía. Era belfo, y mi padre se burlaba del pobre Benji, Tribilin o Monchito, Eso sí, nunca dejó de consentirlo hasta que murió de viejo después de 3 casas de paso, y de subir y bajar miles de veces la escalera, sólo para acompañarnos a las habitaciones de nuestra ultima casa de solteras.Mi primer intento de amor perruno, fue más un experimento antes de quedar embarazada. Duró 2 días. Nos regalaron un Shih Tzu de 2 meses que bauticé Thai Chi por aquello del balance en la vida. La berraca perrita marcaba su territorio una vez trapeaba el piso. Mi esposo la protegía pero despues de un día limpiando apartamento y ella volviendolo a mear, le dí un ultimatum a mis padres: O se la llevan o la regalo. Ese mismo día, la adoptaron, hasta su muerte atropellada por un carro que nunca vió. Mi madre lloró desconsolada, como si hubiera muerto una persona, por un mes. Finalmente a su vida llego Thachy, mañosa, grosera y majadera, a quien aman más que a mí, su hija. En mi casa tuvimos el mismo patrón con mi hijo cuando cumplió 8. Snoopy llegó un 24 de diciembre en la madrugada, fruto de la complicidad de Roxana y Zulma, mis grandes amigas, que lo cuidaron y lo metieron en mi casa para que mi hijo lo descubriera al otro día. Nunca olvidaré su carita que no salía del asombro, cuando llegamos de la cena navideña, de madrugada y oyó sus ladridos de 2 meses. Snoopy... quien ahora lleva el honroso Señor por delante, come con nosotros, duerme con nosotros, llora cuando estamos tristes y corre como loco cuando está feliz, lo que le pasa todo el tiempo. 9 años y no imaginaría un día sin el "Señor Snoopy", que nos gruñe si le gritamos nuestro hijo. A veces, solo por provocarlo simulamos pegarle. Snoopy deja de ser tierno y cariñoso y se transforma en una fiera... todos reímos solo de verle la furia y los dientes.
Hace unas semanas una familia amiga, perdió su perro. No es poca cosa. Logró cosas nunca antes vistas en esa casa. Como que el perro fuera protagonista de sus vidas. Como darle un compañerito a su hijo menor. Como que su dueña lo tomara entre sus brazos y lo llenara de besos y abrazos, cosas que por lo menos yo nunca le daré al Sr. Snoopy. Como que durmiera con ellos en la piecera de la cama y que fuera indultado de cada una de sus diabluras, solo entorchando su cabecita y poniendo cara de cordero degollado. Hemos ingresado por cuenta de Lucas, al mundo de los perros perdidos. Me alarma la cantidad de perritos extraviados en la ciudad. Veo ahora en la calle a los cuadrúpedos con otra cara, distinta a la indiferencia y el desdén. Pensando que en alguna parte de Barranquilla, Lucas está perdido, sin saber donde encontrar a su familia, la que le da su amor con besos, abrazos, caricias, me puse a pensar que sería de nosotros si el Sr. Snoopy se fuera así, sin decir adiós. En el 93 perdimos a Pitufa, en uno de los trasteos. Han pasado 27 años desde esa noche que recuerdo como si fuera ayer, y no pasa un sólo día en que la vea en una perrita igual y no alcance a imaginar que es la mía. La esperanza, la esperanza nunca se pierde.
Soy Pamela Cruz escribiendo hoy sábado 21 de enero del 2017, a quienes tienen perritos perdidos, diciéndoles que no pierdan la fe. Que hay que seguir buscando y que en el mundo perruno hay gente buena, gente y grupos que jamás hubiera imaginado que existen, haciendo lo imposible, y con las uñas, por ayudar a restaurar la paz perdida en el hogar, cuando, uno de la familia se pierde de casa.
PD: Que fantástico sería si Ringo, el hijo perruno de la Familia Rueda, nos ayudara a que en Barranquilla se crearan Centros de Acogida y Adopción para los perdidos perrunos de la ciudad. Ciudadano de Honor
Pinky Animalista Rescatista
Perros y Gatos Perdidos en Barranquilla
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