Esta soy yo.


"Lo que inició como un espacio de desahogo, se convirtió en un espacio de testimonio. Lo que Dios ha hecho en mi vida, es mi deber contarlo. No para mí sino para glorificar Su Nombre, sobre todo nombre. Él vive, Él nos ama, Él es real. Él cambió mi vida, para siempre."

miércoles, 11 de enero de 2017

La mesa de Ping Pong

Eran mediados de los ochentas, y en casa había una adolescente y 2 pre adolescentes, como les llaman ahora. Siempre he dicho que el Niño Dios era un poco arbitrario en casa porque traía lo que le venía en gana y no lo que pedíamos. Así que, cada 24 de diciembre, vivíamos con la expectativa de qué ocurrencia se traía entre manos este poco convencional Niño Dios. Aquella navidad, creo que del 84 u 85, no fue la excepción. El regalo fue comunitario y ademas aparatoso: Una mesa de Ping-Pong.

Nuestra casa en la Cra 66 75 46 era una casa grande. Bastante  cómoda a decir verdad. Tenía 4 cuartos, dos baños, un enorme patio y una terraza que mi padre colonizó para su hamaca. Ese lugar era infranqueable. De 1 a 1:45 p.m de lunes a viernes y los fines de semana sin horario estipulado, la terraza le pertenecía. Era su lugar de la siesta, la misma que le he visto hacer los últimos 44 años de mi vida. Y también el lugar de las juntas familiares, finales de fútbol almuerzos de domingo. Y fungía como sala de estudio, en algunos casos. Pues bien, allí fue donde terminó la dichosa mesa de ping pong. No sabíamos que hacer con eso. Por Dios Santo!!! Eramos 3 mujeres entrando en la era del glamour, la moda, los peinados y los chicos. Y mi padre nos regalaba una cosa tan... deportiva, tan masculina. Pues bien, nos figuró armar y desarmar la mesa en el garaje hasta que decidió que su lugar era la terraza de la casa. No recuerdo cómo, pero de algún modo en las noches que siguieron, a casa comenzaron a llegar compañeros de colegio de mi hermana, nuestros, amigos de la cuadra y una cantidad inusual de personajes,  todos al tiempo, para jugar en la famosa mesa de ping pong. Terminábamos en la madrugada, sudados, exhaustos, felices. De la nada armábamos torneos: hombres con mujeres, hombres con hombres, mujeres contra mujeres, hombres con viejos. Hacíamos dobles. Eran noches enteras desde las 7 p.m. hasta que alguien decía "Vámonos que es tarde". Terminábamos cansados, en el suelo, como borrachos luego de una noche de parranda. No recuerdo cuanto tiempo duró la fiebre. Cuando se es pequeña las cosas a veces duran menos de lo que una se imagina.  La mesa poco a poco fue usada menos, tal vez cambiada por otro hobbie, que se yo. Finalmente, un día se desbarató, como todo lo que se ahora se hace y fue botada en la basura. 

A finales del año pasado, ese que se fue hace 11 días, estuve en un almacén y vi una mesa de ping pong que estaban vendiendo. Fue como un baldado de recuerdos, todos encima y recordé esa historia. 35 años después, tal vez, vine a comprender los malabares que hicieron mis padres por mantener el equilibrio entre la vida social de sus hijas, sus tesoros preciosos, y la seguridad de sus vidas. Mi casa se convirtió, en aquella temporada en un Club social de chicos y chicas entrando y saliendo alrededor de un tema en común, la mesa de ping-pong.

Soy Pamela Cruz, escribiendo hoy 11 de enero del 2017, cuando mi padre cumple años, recordando una vez más su generosidad profunda y amor incondicional, representada en esos actos que no se muestran con sus esquivos abrazos pero si se demuestran con detalles de esos, tan suyos, tan aparentemente exóticos y carentes de sentido, como la mesa de ping-pong. 

Feliz Cumpleaños, Jaime. Eres mi regalo perfecto en la vida!!!