Una de mis grandes pasiones es viajar. Cuando trabajaba en Carulla Vivero, de las cosas que mas me encantaba era montarme en un avión, sentir la energía del despegue y surcar los cielos cada 40 días. Amaba mi trabajo y una de las razones era vivir montada en un pájaro metalico. Mi aerolinea preferida desde entonces era Copa, y no es publicidad. A fuerza de vernos cada mes y medio, las niñas del counter sabían cuando llegaban "las mujeres de Vivero". Nos consentian y nos dabam millas que nunca usé, por tonta. Jamás supe que los dos momentos que más gozaba, el despegue y el aterrizaje, eran los más peligrosos en un vuelo. Tampoco contemplé jamás que mi hijo se quedara sin madre, a mis 34 años viajando en uno de los medios más seguros del mundo. Ni siquiera la legendaria historia del susto que pasó media compañia cuando viajaba de Bogotá a Barranquilla y el avión entro en una turbulencia tal que todos pensaron que sería su ultimo viaje en la tierra, me afectaba. Yo amaba mis dos momentos especiales y luego dormía o hablaba todo el camino con mi amiga Piedad, mi compañera regular de viajes.
Fue mucho después, trabajando en la Universidad y durante un viaje a Bogotá que se me apareció el coco del viajero. Una turbulencia de tal magnitud que removió los recuerdos mas profundos de mi vida. Todos en el avión nos sumimos en un solemne silencio mientras el avión se movía, subía y bajaba violentamente. Seguia en silencio mientras la señora de enfrente oraba el padre nuestro una y otra vez, como en replay. Yo, con los ojos cerrados y aferrada a la silla, recordaba a mi hijo, el dia de su nacimiento, el poco tiempo que pasaba con él y todo el arrepentimiento de sentir que abandonaría a mi hijo pequeño en ese preciso instante. Fueron los segundos mas largos de mi vida. Y si antes de alli no entendí el concepto de tiempo relativo de Einstein, allí me quedo totalmente claro. Sobra decir que sobreviví al espanto y como daño colateral, me quedé con un terrible temor a volar.
Despues de esa vez tan pavorosa, me ha tocado usar una técnica aprendida con mi amiga Claudia -coach de profesión- y que consiste en imaginarme que ingreso dentro de una nube y que La Mano Poderosa del quien Me Cuida dirige el plan de navegación. Es como entrar al castillo de Harry Potter con las gafas de realidad 3D que te muestra q vas volando cuando la realidad es que estas en un agujero negro que te lleva durante dos minutos por sensaciones extremas.
Cada que me monto en un avión no puedo evitar recordar ese momento horroroso de mi vida. Al igual, tambien reuno la fuerza necesaria para descansar el vuelo en el Capitán Supremo del mismo y renuevo aquello que llaman fé para llegar sana y salva a mi destino. Mientras tanto, El me regala momentos como el que pude disfrutar hoy, un atardecer de altura, un regalo supremo, insuperable, majestuoso, recompensa por poner mi cuerpecito y el de mi familia en Sus Manos. La vida es así, un avión que puede llevarte por rutas tortuosas de vez en cuando o regalarte paisajes como el que les comparto hoy, que renuevan eso de lo que todos pedimos, así sea en una dosis como la de un granito de mostaza.
Soy Pamela Cruz escribiendo mientras preparamos nuestros puestos proximos a aterrizar en uno de los viajes que seguire teniendo mientras aprendo a superar mis miedos.
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