Dias antes de viajar, mi amigo Diego me hizo un diseño de camisetas para que nos las pusieramos en los parques. Cuando llegué emocionada con las 4 camisetas por persona en colores distintos, tuve un mitín en casa. Los hombres se me rebelaron al punto en que me tocó usar todas mis argucias femeninas incluyendo el vil y miserable chantaje para que se las pusieran. Todos los días hemos sido la sensación. Nos preguntan quien las hizo, nos felicitan por la idea, han servido para que colombianos nostalgicos de su tierra nos hablen en la fila. Hemos conocidos personas de Armenia, hijos de Barranquilleros, hijos de paisas, amigos del amigo colombiano y todo comienza porque leen la camiseta. Nos llaman por nuestros nombres, nos hacen bromas, es la excusa para entablar una conversacion al punto que finalmente ayer mis hombres reconocieron los útil que habia sido el invento.
He de ser fiel a la verdad, mi único objetivo no era otro sino identificarnos y evitar extravíos en este parque gigante como un mundo. Reconocer a lo lejos la mancha naranja o azul o verde o blanca con el Mickey Mouse supone una preocupacion menos en un viaje a un país extraño. No he sido la única. En el camino conocimos una familia mexicana, la familia Salmán, con 10 miembros, comenzando por el patriarca de la familia supongo yo, por el número de su camiseta y las canas de su cabeza. Me contó que él se sentía más seguro con los números porque así no se les escapaba nadie. En su caso, sus camisetas habían tenido el mismo efecto: eran motivo de conversación con desconocidos en las interminables filas a las que nos sometemos por 5 minutos de adrenalina. Igual a nosotros encontramos excursiones completas de teenagers en viaje de quinceañeros, o la familia Rivera Mena, o los NN que marchaban en combo, más grandes que el humilde trio que conformamos nosotros, papá mamá e hijo.
Soy Pamela Cruz escribiendo el 30 de julio en este, mi último día de camisetas, sobre las extrañas formas que encontramos las familias y los grupos para identificarnos, destacarnos y protegernos en la inmensidad del mundo que nos rodea.