
Cuando estaba en la universidad, durante un semestre compartí con una compañera de familia árabe. Me encantaba ir a su casa porque lo que para mí eran banquetes para ella un almuerzo normal. Un sábado cualquiera estábamos reunidas desde temprano y me dijo que almorzaríamos en casa de sus abuelos. Llegamos a la casa, cerca al Barranquilla Plaza, que ahora ocupa ProBarranquilla. Entramos y mi asombro perduró hasta la hora del postre. Me sentí arrastrada en el túnel del tiempo, aterrizando a los años 60 y 70's. Un caserón cuyo patio llegaba a la carrera siguiente. Espacios bien pensados, techos altísimos, una piscina mantenida pero no usada y un montón de salas, un bar con butacas abullonadas, que recuerdo haber visto en las películas de la época. Todo el mobiliario se encuentra nuevamente de moda en esta década. Sencillamente la casa y sus habitantes quedaron congelados en el tiempo, y fue una sensación exquisita. Se sentía el amor por cada espacio y las atenciones de la abuela y del personal de servicio, fueron inmejorables. Siempre quise volver pero nunca pude. Mi compañera y yo tomamos rumbos distintos y ahora, bueno, ahora imagino que el nuevo propietario, ya lo tiene convertido en oficinas.
Hace una semana me entró en el cuerpo esa ansiedad por ir a la piscina de El Prado. Desde pequeña iba con mis hermanas en un plan que ellos tenían y que consistía en pagar por nadar. Fue muy práctica mi madre en mantenernos ocupadas con planes raros. Pues bien. No se si a una con 43 años a punto de cumplir 44 le da por recordar cosas viejas, pero se me metió en la cabeza volver, y mi esposo, como siempre, me siguió la corriente. Lo había visitado hace un año averiguando sobre un salón para un evento, pero no pasé del salón. Y podría tener unos 30 que no me metía en la piscina, ni recorría los patios, esos que me hacían sentir segura cuando entraba con mis hermanas. Volver fue entrar al túnel del tiempo, con los empleados incluidos. Entrar a ese jardín lleno de las palmeras que detesto, bien mantenidas, rodeadas de jardines absolutamente verdes, decorado con la mejor piscina que tiene la ciudad, en palabras de un amigo que cuando viene a Barranquilla, se aloja en El Prado por su piscina, fue sencillamente maravilloso. Fue como entrar a un jardín secreto, oculto entre la maleza urbana. El manejo del hotel ha sido adjudicado a la cadena Marriot. Por descontado se da que la inversión será enorme. Cuando se detallan los pasillos, la piscina, el mobiliario, un nudo de tristeza se alborota en la garganta. Es que todo se ve tan viejo. Pero lo que mas conmueve, es ver la vejez, los embates del tiempo y ese maltrato que no merecían ni la vieja mole ni el personal fiel que se niega a dejarse derrotar por la incertidumbre, llevados con una dignidad impresionante.
Cualquier grieta o humedad que se asoma indiscreta en las paredes, o ese viejo esplendor de las cosas que no han sido renovadas a tiempo, y que puede hacerte sentir incómodo, es perdonado inmediatamente te recibe uno de los meseros, botones o el señor de las toallas. Te atienden con la alegría de recibir nuevamente aquellos huéspedes que no volvieron. Perdoné los detalles que le pueden quitar puntas a las estrellas tan arduamente luchadas, porque los reemplaza una atención inmejorable. El que menos tiempo lleva de los que pude conocer, tiene 2 años. Es un reincidente que se marchó, pero como hijo pródigo volvió a casa. Les pregunté como se sentían con el nuevo operador; la incertidumbre los acecha pero la disimulan con esperanza. "No nos han dicho nada, señora. La nueva administración está evaluando todas las obras que le tienen por delante." Nuestro día nos daba derecho al turco y al sauna. Jamás los visite antes, porque tenía menos de 18 y no dejaban pasar niños a esa área así que aproveche y me adentré al pasado de un esplendor perdido. Espero que vuelvan a abrir el Spa, por las instalaciones de lo que queda del viejo, era un tremendo lugar. Me pidieron perdón por las incomodidades que podría encontrar, y me alimentan la esperanza, o quizá a ellos mismos, que pronto podremos disfrutar de un servicio completo.
Recorrer sus jardines, recordar aquellas sillas de merecedora donde nos mecíamos mis hermanas y yo en la niñez, nadar la piscina siempre pegada al borde porque los 2 metros y luego los 3 de profundidad siempre me aterraron, fue sencillamente, como volver a casa de los abuelos de mi amiga. A esa casa que conocí, donde se perdonaba cualquier objeto a punto de romperse porque la belleza del mismo y el amor con que era cuidado, superaban el paso del tiempo.
Soy Pamela Cruz escribiendo hoy 30 de abril, sobre un recuerdo de niñez, hoy día del niño. Escribo hoy invitando a quien alguna vez en su vida tuvo la fortuna de pasar una tarde, un día o un domingo en esa casa que guarda la memoria de la pujanza y visión barranquillera, a visitarla con la delicadeza, con la sencillez y con la indulgencia con la se perdona lo malo y se ama lo bueno. Deseo que abra la pizzeria, que abra la peluquería, que haya helados los domingos en las tardes, que los viejos tomen en la terraza una cerveza y que cualquiera se pueda sentar en las bancas mientras se mira allá, al cielo. Un jardín secreto... envuelto en la maleza urbana... eso es El Hotel El Prado.
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| Los domingos, cuando la pizzería abría o antes de abrir la gente llegaba y se comía un helado. Y luego pasaba a comerse la mejor pizza de la ciudad |
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| Para mí el paisajismo de palmeras en este hotel has sido el mejor logrado en toda la ciudad. |
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| El restaurante de la piscina. Una vista privilegiada. |
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| Cuando se camina rapido no se ven los detalles de las paredes |
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| Quizá la piscina mas bella de la ciudad. |
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| Piso Pompeya en todos sus pasillo. Viejitos pero muy cuidados |