La decisión de cambiar de empleo estaba tomada. Hacía falta el día y la hora. Y llegó. Mas pronto que tarde. Mas bien a tiempo. Saltar al vacio de lo nuevo no es igual cuando tienes 26 que cuando tienes 43. Exige valor. Sobre todo en una sociedad que mira a los mayores de 35 con desdén.
Salté. Aferrada a lo invisible de todo pero a la vez a lo mas poderoso del mundo entero: la Fe. Bendita fe. Cada día te amo más. El cambio de ingresos fue bastante fuerte, lo admito. Es que antes ibas en el avión y no sientes la velocidad. Ahora vas fuera del avión y las brisas te golpean en la cara. Te asustas, cierras los ojos, los abres. Apuntas la mirada, se te mete un bicho en la nariz, te desconcentras. Te exiges volver a concentrarte y cuando menos lo esperas, te encuentras planeando con el viento. Ya no te duele que te golpee en la cara. Disfrutas del frio que tensa la piel, ves las aves y abajo todo se ve pequeño, hasta la ciudad grande se puede señalar con el dedo, como en un mapa. Y entonces, sabes que serás capaz. Que ahora eres libre y que planeando no sólo tendras pan sino paz. Y las lágrimas que salen no son de pánico sino de infinita gratitud porque ese paisaje, por ser afortunada, privilegiada en no solo verlo, sino también en vivirlo. Y eso no tiene ningun precio.
Mi clásico releido este año me encantó la parte donde cae por el agujero del conejo y luego sale a ese fantástico país
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