Estoy en Bogotá en la Feria del
Libro donde asisto a un evento extraordinario de capacitación, hablamos del
futuro de los libros y de la incidencia de la tecnología en los libros del
futuro. Como estoy tan concentrada en libros solo veo libros y libros alrededor
de Corferias. Sin embargo hoy, casi que
por error me tope con una exposición cultural pero inusual en una de las
entradas al lugar. De hecho casi me que quede de frente con una columna que tenía
una particular escultura. Una extraña caja decorada con símbolos tristes,
sangrientos, pintura roja simulando sangre, luego de mirar la extraña
escultura, repare en todo el área y encontré una curiosa exposición llena de
nostalgia, denuncia y rabia en honor a Heriberto de la Calle, famoso
lustrabotas capitalino, desdentado, imprudente y franco que murió hace 10 años
y 364 días asesinado por las armas intolerantes que nos rodean.
No recuerdo al pie de la letra
ninguno de sus apuntes, recuerdo que a más de un político puso en aprietos, que
más de uno se quedo callado ante su frases mordaces, cargadas de ironía, llenas
de una sinceridad tan descarada que
muchos nos sentimos agradecidos porque el fuera nuestra boca directa a
los dirigentes que se sentaron en su famosa butaca.
No recordaba que en estos días se
cumplían años de su muerte. De hecho tenía varios meses que no se me venía a la
mente Jaime Garzón, el personaje detrás del personaje, quien simultáneamente murió
esa noche absurda hace 10 años y 364 días. Me avergonzó caer en la cuenta de mi
olvido. Hemos tenido tantos muertos ilustres, me justifico. Pero ninguno debe
olvidarse. Los muertos por la guerra, los muertos por la intolerancia, no deben
ser olvidados. Eso lo recordé hoy a las 6:30 am cuando las noticias nos
recordaron lo que vivimos hace algunos años y que ya no recordábamos. Una bomba en Bogotá me trae horrendos
recuerdos. De repente, viene a mi mente una época oscura, negra como la noche
sin luna. Una época que los niños de 20 años no recuerdan ya. Que no vivieron y
que no quiero que vivan. Pero una historia que debemos tener presente porque no
podemos volver a darnos el lujo de revivirla.
La historia, la nuestra
particularmente dolorosa, es la que debe mantenerse viva, tenemos la obligación
moral de mantener en nuestra mente toda la época pasada, así el solo pensarla
nos ponga la piel de gallina. Necesitamos contarla a nuestros hijos- tal como
mi abuela me contaba la suya- porque es la única forma que tenemos de saber que
el fantasma está vivo. Y debemos enfrentarlo. Las marchas contra el terrorismo
se hace hoy imperativa y obligatoria para nosotros como sociedad civil.
Soy Pamela Cruz, escribiendo el 12 de agosto 2010, desde la fría capital en una noche donde muchas personas revivimos en contra de
nuestros deseos, un terrible pasado.
