Desde hace un par de meses que salió la nueva versión de este libro de Scott FitzGerald, había tratado de verme la película. La protagoniza mi amado Leito Di Caprio, quien ha sido criticado injustamente por ser demasiado bonito. El pobre lleva años haciendo películas profundas pero aun así no se le premia como se merece.
Reconozco que ver la película me intimidaba. Nunca me leí el libro, un clásico de la literatura americana, y varias de mis amigas lo habían hecho, lo que me ponía en una situación bastante desventajosa pero a la vez menos prevenida con la película. “Cuando no se ha leído lo que se va a ver, lo que ves no te decepciona”, ha sido mi máxima en lo que a adaptaciones literarias en cine se refiere.
La película me encantó. El derroche de la época, bien representado, la enigmática presencia del famoso Gatsby, su ostentación en aquella sociedad decadente que estaba a punto de padecer la gran depresión del 29. Más allá de toda la ambientación, me encantó la fantasía del amor puro y sincero. Finalmente era una historia de amor imposible. De amor alcanzable para uno y de amor desechable para la contraparte. Para mi pesar, Gatsby murió de amor. A consecuencia del amor. Murió víctima del amor. Murió por los hechos suscitados cuando destapó su amor. Su amor puro creado desde la humildad de la pobreza. Desde la ingenuidad de la pureza. Desde la imaginación de un sueño hecho realidad. Y dentro de su mundo imaginario, donde el amor ganaba, Gatsby fue arrojado inexplicablemente a los brazos de la miserable realidad que lo rodeaba. Fue arropado con el manto sucio de las pasiones bajas, de los intereses mundanos, del egoísmo extremo, de la sensación de posesión infinita de las almas y de los sentimientos y mas alla de todo, de la terrible desgracia que significa ser expuesto al escarnio publico, y lograr con ello manipular a los débiles de espíritu que finalmente terminaron traicionando al héroe muerto, que nunca encuentra la redención sino de la mano de su vecino, el único que llora, el único que se atreve a contar la historia.
Hoy cuando sentada comenzaba a escribir sobre algo que me atormenta, me llegó la Historia de Sergio Urrego. Enjugadas las lágrimas de esta historia, no puedo evitar pensar en que Sergio debió leerse el Gran Gatsby. Es posible que inclusive llorara con esa historia de amor profundo que llevo al protagonista a ser todo lo que tuvo que ser por ganar el amor de su amada, y que finalmente no le alcanzara para evitar la desgracia.
No puedo aun creer que un niño de 16 años haya escrito lo que escribió este bebé que tiene un año más que mi hijo y que hoy ya no existe. Que haya tenido tanta madurez para dejar su testimonio de rabia e impotencia grabado en la mente de esta sociedad hipócrita, mojigata e imbécil, fiel copia de la decadente sociedad de principios de siglo pasado. No puedo creer que escribiera tan bien, que dejara para nuestro propio remordimiento colectivo, palabras tan profundas sobre el verdadero significado del amor. Del amor propio, y del respeto que como ser humano no obtuvo de las autoridades, que debieron proveérselo. Sergio fue un niño valiente. No sé hasta donde su muerte no pase a ser una cifra más entre las miserables muertes que no tienen sentido ni recordación en este país de amnésicos. Lo que tengo claro, es que es un testimonio que debe ser leído en cada casa, como la historia del Gran Gatsby, porque prohibir el amor y permitir que alguien muera por él en pleno siglo XXI debería ser considerado un crimen de lesa humanidad, porque lo que estamos tolerando es la destrucción de lo único por lo que vale la pena vivir: El amor.
Soy Pamela Cruz escribiendo el 12 de septiembre 2014, desde la combinación de infinita tristeza y la rabia por un crimen cometido a la dignidad de una persona, a la unidad de una familia pero sobre todo a la humanidad de quienes luchan cada dia por hacer su amor reconocido, digno y sobre todo valorado. Paz en la tumba de Sergio, el Gran Sergio.
http://www.elespectador.com/ noticias/bogota/ pruebas-de-sergio-articulo-5150 85
La película me encantó. El derroche de la época, bien representado, la enigmática presencia del famoso Gatsby, su ostentación en aquella sociedad decadente que estaba a punto de padecer la gran depresión del 29. Más allá de toda la ambientación, me encantó la fantasía del amor puro y sincero. Finalmente era una historia de amor imposible. De amor alcanzable para uno y de amor desechable para la contraparte. Para mi pesar, Gatsby murió de amor. A consecuencia del amor. Murió víctima del amor. Murió por los hechos suscitados cuando destapó su amor. Su amor puro creado desde la humildad de la pobreza. Desde la ingenuidad de la pureza. Desde la imaginación de un sueño hecho realidad. Y dentro de su mundo imaginario, donde el amor ganaba, Gatsby fue arrojado inexplicablemente a los brazos de la miserable realidad que lo rodeaba. Fue arropado con el manto sucio de las pasiones bajas, de los intereses mundanos, del egoísmo extremo, de la sensación de posesión infinita de las almas y de los sentimientos y mas alla de todo, de la terrible desgracia que significa ser expuesto al escarnio publico, y lograr con ello manipular a los débiles de espíritu que finalmente terminaron traicionando al héroe muerto, que nunca encuentra la redención sino de la mano de su vecino, el único que llora, el único que se atreve a contar la historia.
Hoy cuando sentada comenzaba a escribir sobre algo que me atormenta, me llegó la Historia de Sergio Urrego. Enjugadas las lágrimas de esta historia, no puedo evitar pensar en que Sergio debió leerse el Gran Gatsby. Es posible que inclusive llorara con esa historia de amor profundo que llevo al protagonista a ser todo lo que tuvo que ser por ganar el amor de su amada, y que finalmente no le alcanzara para evitar la desgracia.
No puedo aun creer que un niño de 16 años haya escrito lo que escribió este bebé que tiene un año más que mi hijo y que hoy ya no existe. Que haya tenido tanta madurez para dejar su testimonio de rabia e impotencia grabado en la mente de esta sociedad hipócrita, mojigata e imbécil, fiel copia de la decadente sociedad de principios de siglo pasado. No puedo creer que escribiera tan bien, que dejara para nuestro propio remordimiento colectivo, palabras tan profundas sobre el verdadero significado del amor. Del amor propio, y del respeto que como ser humano no obtuvo de las autoridades, que debieron proveérselo. Sergio fue un niño valiente. No sé hasta donde su muerte no pase a ser una cifra más entre las miserables muertes que no tienen sentido ni recordación en este país de amnésicos. Lo que tengo claro, es que es un testimonio que debe ser leído en cada casa, como la historia del Gran Gatsby, porque prohibir el amor y permitir que alguien muera por él en pleno siglo XXI debería ser considerado un crimen de lesa humanidad, porque lo que estamos tolerando es la destrucción de lo único por lo que vale la pena vivir: El amor.
Soy Pamela Cruz escribiendo el 12 de septiembre 2014, desde la combinación de infinita tristeza y la rabia por un crimen cometido a la dignidad de una persona, a la unidad de una familia pero sobre todo a la humanidad de quienes luchan cada dia por hacer su amor reconocido, digno y sobre todo valorado. Paz en la tumba de Sergio, el Gran Sergio.
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