Las mujeres de mi generación
creemos estar por encima de la naturaleza. La desafiamos constantemente: la
desafiamos cada noche cuando nos quitamos cual capas de cebolla, los 3 mm de
maquillaje que ocultan nuestras arrugas, pecas, manchas y que realzan la belleza
que creemos no tener sin él. La desafiamos con la cantidad de cremas que
reposan en la mesa de noche de la mujer de hoy donde reposan, a veces vencidos,
una cantidad indeterminada de frasquitos con cremitas de hechicero que nos
evitarán el paso del tiempo, ocultarán, absorberán, o desaparecerán las arrugas
que no han salido o las que apenas se ven con lupa gigante, pero que todas las
mañanas atormentan nuestro despertar. La desafiamos, cuando con
autodeterminación y arrogancia, decidimos que primero trabajaremos, seremos
exitosas, recorreremos el mundo, seremos millonarias, y luego buscaremos un
marido ideal que nos de todo y que tenga todo y luego, tenemos el descaro de
seguir desafiando cuando, casándonos decimos que esperaremos un tiempo a que se
estabilice la relación y cuando ya, comenzamos a ver a nuestras amigas y amigos
casados, cargando cochecitos, cambiando pañales y arrullando o sobrellevando
una pataleta, ahí si se nos despierta el “instinto” dormido y decimos: “Vamos a
tener un hijo”.
Y comienza la lucha entre
naturaleza y mujer. Que si el día es, a correr a tirar porque se pasa la hora
de ovulación; que se gastan los millones en inseminación asistida para ordenar
al cuerpo caprichoso, que parece hijo rebelde, a hacer lo que nosotras ya tenemos
ganas de tener. Cada mes nace una nueva esperanza y muere una nueva
oportunidad. Cada día vemos doblegada nuestra arrogancia a niveles
insospechados de humillación. Sufrimos y nos lamentamos. Lloramos, fortalecemos
nuestra fé, depositamos nuestra confianza en Dios, con la esperanza oculta de
la vista de todos pero que no alcanza a esconderse de la de EL que se haga nuestra
voluntad y no la de Suya. Y lloramos, lloramos mucho. Nos lamentamos. Seguimos
llorando. Y como la ley de Murphy dice que si intentas no hablar de algo que
duele, todos los que te lo puedan recordar, lo harán, entonces cada vez que te
encuentras con alguien te hace la maldita pregunta imbécil por la que crees
valdría la pena cometer homicidio no premeditado sustentado en ira e intenso
dolor sin caer en la cárcel: “ Y ustedes para cuando están pensando encargar
familia?”
Cuando todo falla y luego de caer
en la desesperanza, comenzamos a pensar en la adopción. La sola palabra provoca
que un salón de amigos quede en silencio absoluto en un instante. Que comiencen
a salir todo tipo de comentarios y experiencias de amigos de los amigos a
quienes tuvieron hijos adoptivos con todos los problemas del mundo. No hay
historias positivas, no aparentemente. Todas parecen historias de miedo, de terror.
Pero cada vez toma más fuerza la
idea, acaricias la posibilidad de amar a alguien no importando de donde viene,
sino dando todo para que vaya a donde tu lo lleves. Pese a los comentarios, a
los miedos de quienes ya tienen todo y no les importa acabar con las ilusiones
de otros, comienzan a aparecer cual flor en primavera, personas, creo que son
enviadas por Alguien sabio, que te muestran otra realidad: La realidad del amor
incondicional al máximo extremo. Ese amor que es mas puro inclusive porque se trata
de la decisión de Amar a alguien que no es nada tuyo, que no salió de ti, que no
tiene tu sangre, al que solo te une una cosa tan frágil y tan fuerte que la
hace más poderosa que la misma sangre y la misma ascendencia y la misma
biología: la firme convicción de que ese ser pequeño y frágil vino al mundo
UNICA y Exclusivamente para ser tu hijo. Y punto. Las historias que rodean mi
vida son muchas: esposos como los que describí, familias con un solo hijo que
lucharon por el segundo que nunca llego, esposas que aceptaron hijos ajenos
anteriores a ella, por la muerte o el abandono de la primera mujer. Lo mismo
pero al revés. Todas las historias que he escuchado y he tenido la oportunidad
de conocer tienen algo en común: El amor incondicional. El amor que todo lo
puede y todo lo da. El amor, ese que solo se da por un hijo a secas, no de
sangre o de crianza. Porque las historias que he conocido no hacen esa
distinción. Solo distinguen dos cosas: La vida de sus protagonistas antes y
después de la llegada de quien les cambio su mundo para siempre. Como dijo mi
hijo alguna vez que le preguntamos sobre tener un hermanito adoptado y los
temores frente a su procedencia: " No me importaría y no debería importarles. -porque conociéndolos a ustedes el amor seria tan grande que harían lo imposible para sanarlo, curarlo y ayudarlo."
Soy Pamela Cruz escribiendo el 29 de abril 2012, sobre
un tema que aun me hace llorar, sabiendo que en el país el 80% de los niños
abandonados mayores de 5 años, está destinado a ser criado por el Instituto de
Bienestar Familiar. Pero conociendo a seres tan hermosos que dan amor
incondicional a hijos que son suyos por elección divina.