Hay fechas inolvidables en la
vida de una persona. La fecha del cumpleaños, los aniversarios de novios o de casados, los cumpleaños del
primer núcleo familiar (papá, mamá, hermanos, abuelos, esposo, hijos, suegra, y
de pronto, sobrinos, cuñados y amigos de infancia), la fecha de graduación.
Existen fechas trágicas que nunca se olvidan como el 9/11, en la cual puedo describir
con lujo de detalles todo lo que hacía en el preciso instante en que los hechos
transcurrían. Yo por lo menos, a esa hora trágica negociaba con un proveedor paisa
una oferta, cuando mi jefe llegó con una risa nerviosa de quien no cree
siquiera lo que de sus labios emana.
Mi abuela tuvo una corta vida a
mi parecer. Se fue apagando poco a poco pero su mente fue lúcida hasta el último
día. Cuando podía, hablaba de su época y de lo diferente que hubiera sido su
mundo si Gaitán hubiera seguido vivo. Yo me tragaba todo lo que escuchaba pero
no lo digería. Todo pasó hace mucho tiempo. Ella era una joven viuda con 2
hijos, inmersa en esa época de violencia totalmente descabellada. Nos contaba
cosas que nunca entendí, nos hablaba con pasión de Gaitán, de cómo lo mataron,
de la esperanza que significaba para el pueblo, de las cosas que sus ojos
vieron y que seguían viendo por haber desaparecido al único que hubiese sido
capaz de cambiarlas. A veces era
agobiante escucharla. No cambiaba su voz de melancolía. Su mirada se perdía
como quien busca dentro de sus recuerdos mas profundos todos los detalles por
mas insignificantes que fueran como un ejercicio inconsciente para no olvidar.
El recuerdo anual que se hace de Gaitán para mi ha sido algo ajeno, solo
circunscrito al ámbito de las noticias, de las remembranzas que hacen los diarios,
los análisis de los noticieros, de algunos viejos que recuerdan la época, y de
la nostalgia que me recuerda a mi abuela. En la costa, que no lo vivió tan
crudamente como en los terrenos de mis padres, es poco lo que se oye comentar a
los viejos. Es poco lo que yo oigo comentar a los viejos.
Yo tengo mi propia fecha de no
olvidar. Me imagino hablándoles a mis nietos con la misma nostalgia con la que
me habló mi abuela. Estaba en casa ese día cenando. Yo, que ansiaba estrenarme
mi recién adquirida cedula me imaginaba untándome el dedo de tinta roja el día
que votara por él. En una casa liberal, hasta entonces, el sufragio era
sagrado. Mi abuela, aún en sus peores días no dejaba de ejercerlo. Liberal
hasta el tuétano de sus huesos, defendía hasta la muerte a los candidatos
liberales, y era orgullosa de los presidentes que ella, con su voto, ayudó a
elegir. No se perdía las instalaciones del Congreso cada 20 julio, en la
programación de TV más aburridora que jamás mi mente recuerde. Solo existían
dos canales y los dos emitían lo mismo. Turbay hablando, Barco hablando, Lleras
hablando. Y en el fondo el cuadro de Obregón, creo.
Cenando supimos que lo habían
matado. Cenando lloramos mientras todo era confusión y rabia. Cenando creímos
que era una treta. Me habían matado a mi Gaitan. Mio, propio, de una estudiante
de 18 años que creía que él sí iba a cambiar el mundo, por lo menos mi mundo. Su
asesinato, fue el inicio de una encerrona para nuestra juventud, muertos todos
los candidatos decentes que la época parió. Los que tuvieron voz, garra y
valentía para defender un sueño. Ese día iniciaron mis recuerdos de bombas, de
muerte, de atentados, de miedo, de un miedo que aun me eriza al recordar. El 18
de agosto de 1989 inició la nostalgia que siempre me acompaña ese día, que me
recuerda lo que pudo haber sido y no fue. Que me recuerda lo que perdimos, lo
que nos mataron.
Soy Pamela Cruz, escribiendo hoy 16 de agosto 2009, recordando un día
como hoy hace 20 años cuando todo era esperanza, y cuando mi inocencia aun
estaba intacta, 48 horas antes que todo cambiara, cuando no pensé que mi Galán
se convertiría en mi Gaitán.