Llegamos con él cargado. Su cara asustada y sus ojos tristones lo delataban. No se quejaba, acaso algún leve suspiro. Dijimos que lo habían atacado al cuello y en la oreja. Inmediatamente lo pasaron adentro. No creía lo que pasaba. No me preguntaron por sus datos, no me hicieron historia clínica, no me pidieron dinero. Solo les importaba el paciente. El médico lo revisó. Miró sus heridas. Yo no las había detallado. Casi me desmayo. Tenían como 2 cm de largo. La oreja estaba perforada y estaba hecho un manojo de nervios. Me dijo que debía tranquilizarlo y anestesiarlo porque así era complicado coserlo. Le iba a doler demasiado. Acepté. Luego llené los papeles. Me dijo que lo dejáramos hospitalizado por una noche. Me fui porque tenía que llevar otros dos afectados por la pelea de la tarde.Llegué a la otra clínica. Más especializada que la anterior. Nos tomaron los datos, presentamos carnet, documento y demoramos esperando la autorización. “Son $50.000 cada uno”, me dijeron. La clínica estaba sola. Secretaria, portero, auxiliar de radiología y una auxiliar de enfermería. Todo bonito, uniformes limpiecitos. Siguieron los dos pacientes que me quedaban. Uno con una mano hinchada como un sapo y el otro cojeando de una pierna. Nos atendió un médico que no pasa de los 30. Acostumbrada a calcular edad en hombres mayores de 1.80, este médico aumentaba la edad solo con la estatura. Nos tranquilizó y ordenó las radiografías. Las hicieron. “Quien las lee?” pregunté ingenuamente. Los llevé a una clínica especializada en traumatología cuyo sentido común me indicaba que iba a tener un ortopedista o traumatólogo atento a la aparición de un caso. El médico general revisó las placas y allí comenzó mi suplicio. “Su marido tiene la mano fracturada” sentenció. “La mano”, pensé. “Mierda, la mano que atiende pacientes, la mano que cocina, la mano derecha que todo lo hace”. Cambió el semblante. “Tiene fractura de boxeador, hay que operarlo”. No sabía pero me lo imaginaba. Revisó la de mi hijo. “No puede ser” dijo con voz grave. “Imposible”, dijo. Tiene la rótula desplazada y una fisura en la rodilla. Debo llamar a los ortopedistas porque esto se me sale de control. Y hasta allí dejo de ser buena la atención de la clínica.
Lo que siguió fueron las dos horas más largas de la vida, y la transformación de mis finas maneras a las de David Banner femenina. Pase del estado shock, al estado histérica y colérica, y de allí al de estupefacta e incrédula y terminé con el de resignada y exhausta. La secretaria, seguía revisando Facebook y chateando con el celular. El portero se debatía entre limpiar las hojas de la entrada de “Emergencias 24 horas” y conversar sobre la alianza que harán Zuluaga, Peñalosa, Marta Lucia cuando alguno pase a segunda vuelta. El de radiología charlaba con la de enfermería. Mi hijo jugaba en su ipod sentado en la camilla y mi esposo conversaba con unos amigos que llegaron a acompañarnos. El médico general llamaba a cualquiera del “fantástico cuadro médico de turno” que le tocaba atender anoche. Nadie le contestó. Alguno se molestó por la impertinencia de llamar a esa hora. Otro le dijo que le mandara las radiografías por whatapps. Jamás nos contestó. En medio del desespero porque no aparecía nadie 90 minutos después, llamé al responsable de la elaboración del Cuadro de turnos. Un médico llamado Edgar Navarro, que firmó la programación de turno como Médico Científico y cuyo celular alcance a copiar de una hoja que fisgoneé. La respuesta del hombre me dejo estupefacta e incrédula: “A usted quien le dio mi teléfono? Quien fue el atrevido que violo la privacidad del médico”. Y entonces me transforme en lo que no me gusta ser. La mujer verde que se convierte cuando algo toca a mi familia. Le dije unas cuantas verdades al médico más desfachatado que he conocido en la vida, entre esas la indignada debería ser yo porque la clínica de Traumatología no tiene traumatólogos. Que debería sancionar a la partida de frescos que tiene como médicos. El solo repetía que quien me había dado el teléfono.
Finalmente, llegó de casualidad uno de los médicos que atiende en esa “clínica de tercera” y pidió al que hacia turno que le refrendara una incapacidad para su sobrina que tuvo fiebre de 1 día según yo “Síndrome de One Direction” porque la necesitaba para el colegio. Y al indagarlo sobre si era medico de esa clínica me dijo: “Si mi Doña, en que le colaboro?” Con la suficiencia que le da el titulo, la altura y la arrogancia propia de los médicos de esta generación, leyó las placas rápidamente, dijo “ah eso no es nada” ordenó una inyección y les mando un remedio. Resignada, agotada y exhausta, decidí no perder el tiempo ni lo que me quedaba de energías y visitar hoy un médico de verdad. Porque en esa clínica, el uno me asustó con el diagnostico, y el otro estaba con demasiada prisa, para sentirme segura.
A mi perro, el primero en ser atendido lo rescato hoy de lo que considero fue la mejor atención recibida para un ser vivo. Tiene el cuello rapado, 5 puntos en el cuello, un orificio en la oreja donde le pondremos un piercing. Pero estoy tranquila. A mis hombres, me toca llevarlos al médico particular, pagado por prepagada a consulta independiente, porque lo que fue la primera atención de urgencias, fue el trato más animal que he podido conocer en mi vida.
En una ciudad donde los dolores se calman con Dolex y lo mandan a uno para la casa para volver luego con una peritonitis o con las vías biliares destrozadas por una mala operación o con una complicación adicional por una atención negligente, es mejor curarse en salud y visitar en consulta externa a los viejos médicos que si demuestran compromiso con la vida. Aún añoro los días donde uno se iba a Emergencias en el Seguro Social de la vía 40 y me atendía el Dr. Ferrer, especialista en urgencias, que trataba con respeto. Que conocía cada parte del cuerpo y que respondía con la seguridad y la integridad de un médico bien formado pero sobre todo un médico con todo el juramento hipocrático bien aplicado.
Soy Pamela Cruz escribiendo hoy con la impotencia y desconcierto que me causa saber que los médicos de ahora no se quieren mover por los pacientes y que en las clínicas, estamos atenidos a la secretaria, el de radiología, el portero, un médico que, impotente, trata de ayudar sin tener las herramientas y sin el respaldo de los que se juran dioses de la vida.
PD: En esta historia el tratado con mas dignidad que la de un humano fue Snoopy que hoy se recupera de las heridas de guerra desigual entre él y un Bull Terrier y los mios se recuperan del rescate de Snoopy a punta de puño limpio y patadas y rodillazos.