Siempre he sido cómoda. No me criaron así, pero creo que vengo de otra vida llena de comodidades. Eso a veces incomoda. Sobre todo cuando no quieres barrer, cocinar, lavar platos, ni llevar agua a tu padre cuando lo pide. Amo una cama y dormir hasta tarde. Odio que me metan la mano al plato y que me “cuchareen” literalmente la sopa cuando les da por probar del mio.
No me gusta prestar mis cosas, de eso pueden dar fe mis amigas del colegio con el borrador, el sacapuntas y las hojas. Soy territorial. No creo que llegue al egoísmo pero “lo mío es mío, y nadie me lo quita, como dice la canción”. Bueno, hasta que llegan tus hermanas y hacen con tus cosas lo que quieran. Pero en la generalidad de mi vida, siempre me ha gustado mi comodidad y no me gusta quien me venga a imponer cositas, como la dieta, la hora de dormir de despertar, de comer, de hacer.
Ese era mi mundo hasta que un día al anunciarme que esperaba un hijo, mi vida dejo de ser mía. Odié la carne por 7 meses y yo, que odio comer pescado desde que en mis Semanas Santas tenía una peregrinación permanente por el Seguro Social con una espina atravesada en mi garganta, terminé haciendo del pescado mi dieta diaria por cuenta del renacuajo que llevaba dentro. Desde el momento que llegó al mundo el 1 de agosto de 99 mi vida se volteó de pies a cabeza. Mis horas de sueño se truncaron, aprendí lo que eran los turnos nocturnos, las horas extras y el trabajo voluntario sin remuneración. Aprendí lo que era comer dos horas después de lo programado. Aprendí a mirar con nostalgia los chocolates, panes, galletas, leches, carnes que me prohibieron cuando, empecinada en darle leche materna, detectamos que era alérgico a la lactosa. Aprendí a compartir de mi plato, cuando solo quería probar de mis cosas. Aprendí a dormir en un minúsculo espacio de 20 cm x 1.90 y a no moverme, no respirar y mantener la misma posición en las eternas noches de gripas donde dormía en mi pecho por miedo a que se ahogara con de sus mocos infantiles. Aprendí lo que era bañarse, yo que soy un gato, a la madrugada para bajar una infeliz fiebre de 39. Aprendí lo que era tener tu mejor pinta y de pronto estar llena de comida, vomito o mocos porque tu hijo había comido de más o de menos, o estaba enfermo. Aprendí lo que era manejar con un bebé dando alaridos y abstraerte de la situación para evitar estrellarte contra lo primero que apareciera en el camino. Aprendí a mostrar mis senos desnudos ante la mirada estupefacta de quienes aún ven la lactancia materna como algo raro, de otro mundo, o de otro estrato social. Aprendí a dormir con un ojo entreabierto, con los oídos afinados, aprendí los sonidos de dormir, de soñar, de estar inquieto, de estar apretado, de estar ansioso, solo por la forma en que se movía en su cuna. Aprendí a amar mis cicatrices, las de afuera, las de adentro las de la cesarea, las de las estrías, que me recuerdan como crecio de rápido este hombre que hoy tiene 1,76 mt de alto y que ya puede cargarme. Aprendí a que aún hoy me despierto en la noche para verlo dormir, y ponerle el dedo en la nariz para ver si respira, como cuando era un bebe. Aprendí a sufrir en silencio. A amar a quien lo ama y a detestar a los que no lo quieren. Aprendí a morderme la lengua cuando me cuenta sus tristezas, a dar ánimo y parecer ecuánime cuando lo que quiero es convertirme en una Rambo, y acabar con uñas y dientes a los que no son gentiles o le hacen daño. Aprendí a ser paciente, paciente, paciente, paciente. Aprendí que mi vida no es mia. Aunque me empeñe en decir otra cosa. A que mi nombre no es Pamela sino la mamé de Emanuel. Aprendí a decir que no, cuando lo que quiero es decir que si.
Ese era mi mundo hasta que un día al anunciarme que esperaba un hijo, mi vida dejo de ser mía. Odié la carne por 7 meses y yo, que odio comer pescado desde que en mis Semanas Santas tenía una peregrinación permanente por el Seguro Social con una espina atravesada en mi garganta, terminé haciendo del pescado mi dieta diaria por cuenta del renacuajo que llevaba dentro. Desde el momento que llegó al mundo el 1 de agosto de 99 mi vida se volteó de pies a cabeza. Mis horas de sueño se truncaron, aprendí lo que eran los turnos nocturnos, las horas extras y el trabajo voluntario sin remuneración. Aprendí lo que era comer dos horas después de lo programado. Aprendí a mirar con nostalgia los chocolates, panes, galletas, leches, carnes que me prohibieron cuando, empecinada en darle leche materna, detectamos que era alérgico a la lactosa. Aprendí a compartir de mi plato, cuando solo quería probar de mis cosas. Aprendí a dormir en un minúsculo espacio de 20 cm x 1.90 y a no moverme, no respirar y mantener la misma posición en las eternas noches de gripas donde dormía en mi pecho por miedo a que se ahogara con de sus mocos infantiles. Aprendí lo que era bañarse, yo que soy un gato, a la madrugada para bajar una infeliz fiebre de 39. Aprendí lo que era tener tu mejor pinta y de pronto estar llena de comida, vomito o mocos porque tu hijo había comido de más o de menos, o estaba enfermo. Aprendí lo que era manejar con un bebé dando alaridos y abstraerte de la situación para evitar estrellarte contra lo primero que apareciera en el camino. Aprendí a mostrar mis senos desnudos ante la mirada estupefacta de quienes aún ven la lactancia materna como algo raro, de otro mundo, o de otro estrato social. Aprendí a dormir con un ojo entreabierto, con los oídos afinados, aprendí los sonidos de dormir, de soñar, de estar inquieto, de estar apretado, de estar ansioso, solo por la forma en que se movía en su cuna. Aprendí a amar mis cicatrices, las de afuera, las de adentro las de la cesarea, las de las estrías, que me recuerdan como crecio de rápido este hombre que hoy tiene 1,76 mt de alto y que ya puede cargarme. Aprendí a que aún hoy me despierto en la noche para verlo dormir, y ponerle el dedo en la nariz para ver si respira, como cuando era un bebe. Aprendí a sufrir en silencio. A amar a quien lo ama y a detestar a los que no lo quieren. Aprendí a morderme la lengua cuando me cuenta sus tristezas, a dar ánimo y parecer ecuánime cuando lo que quiero es convertirme en una Rambo, y acabar con uñas y dientes a los que no son gentiles o le hacen daño. Aprendí a ser paciente, paciente, paciente, paciente. Aprendí que mi vida no es mia. Aunque me empeñe en decir otra cosa. A que mi nombre no es Pamela sino la mamé de Emanuel. Aprendí a decir que no, cuando lo que quiero es decir que si.
Ya hice el pregrado de mamá que era la etapa hasta los 12. Ahora comencé la Maestría, que se llama Mamá de Adolescente, con una materia especial que dura aproximadamente 3 a 4 años, llamada “Paciencia Mamá”. Esta carrera de Mamá, que comenzó desde el 1999 y que solo tendrá fin cuando yo deje este mundo me enseña cada día, es un reto cada día, es una felicidad cada día, pero también es una angustia cada día.
Soy Pamela Cruz, escribiendo hoy 10 de mayo 2015 para todas las que se inscribieron en el curso de mamás el día que la prueba les salió positiva. Escribiendo para las que son mamas de bebés, la mamás de jóvenes adolescentes, las mamás como Estella, que tienen a sus hijos convertidos en Ángeles que están en el cielo, las mamas que ya son abuelas, o bisauelas, para las madres, cuyos hijos están perdidos pero que aprendieron a no perder la fe. Escribiendo para todas aquellas mujeres que como yo, tuvieron una lección de desapego cuando sus hijos llegaron al mundo.




