Tenía como 12 años cuando comencé a interesarme por la
segunda guerra mundial. Creo que fue por una película que se llamaba Holocausto
que duró como 4 horas y por la cual lloré como 2 horas durante y una semana
después. Hasta ese momento no tenia una dimensión exacta de lo que había pasado
en la segunda guerra mundial. De lo que le había sucedido a una gran cantidad
de judíos. De allí en adelante, comencé una frenética campaña de lectura que
incluyó de todo: Libros sobre paracaidistas, libros sobre Hitler, libros sobre
niños en la guerra, el libro de Ana Frank. De todo paso por mis manos. Los leía
y los releía tanto que ahora los veo con respeto pero soy incapaz de abrir una
pagina de nuevo. Me hastió el tema. Me dio vergüenza. Me sentí aprendida la
lección. Algunos años después, tuve la oportunidad de ver una película argentina, llamada La Noche de los Lapices,
en la cual describían con un aterrador realismo el arresto, tortura y posterior
desaparición de jóvenes argentinos que protestaban por un subsidio de transporte.
Aún llevo los cortes de la película en mi cabeza, lloré de impotencia y aún me
parecía mentira que aquello hubiera pasado en un país latinoamericano. Hasta hace poco conocí en México una mujer
argentina muy agradable que me habló de la terrible dictadura que padeció
cuando tenia 22 años, y de la huyó luego de la muerte de su hermano y la
persecución que había contra su familia.
En el 86 vivimos nuestro propio holocausto. Sucedió en
noviembre, unos días antes de Armero. Fue espantoso, tanto que nadie lo creía,
sobre eso hay tanto escrito que no me quiero detener en detalles. Durante 24
años, cada noviembre los medios me recuerdan la fecha, lo que sentí en aquellas horas de horror, como un mal
recuerdo deseo que el día termine prontamente por los sentimientos de angustia
que generan en mi memoria.
Mientras escucho La Noche en NTN 24, la piel se eriza con
los relatos sobre las victimas del palacio. No acerca de las que murieron dentro, sino las
pobres que se creyeron salvadas cuando salieron de la mano, en los hombros de
los soldados que las sacaron vivas y que luego, para nuestra vergüenza
colectiva, terminaron muertas o eternamente desaparecidas de la faz de la
tierra.
Hoy me da vergüenza.
Le pido perdón a las familias de aquellas personas por mi indiferencia. Por
voltear la cara durante 24 años cuando cada año recordaban que hubo personas
que salieron y que no volvieron. Hoy siento pena por mí. Por mi generación, por
la de mis padres que aún cree que la vida es sagrada solo dependiendo de la
etiqueta de quien la lleve. Hoy lloro por aquellas victimas de represalias
fruto del error humano, de la ambición inmediata, como los falsos positivos, de
los prejuicios sociales, como el asesinato de los mal llamados desechables a
mediados de los 90 en Barranquilla y todas las limpiezas sociales, lloro por
aquellas personas que erróneamente creen que la muerte de quien piensa
diferente es menos valiosa que la de la generalidad del pueblo. Lloro porque
con el desprecio a las muertes de las personas que salieron vivas del Palacio,
siento que estamos mas enfermos de lo que pensábamos.
Soy Pamela Cruz, llorando hoy 13 de junio 2010 porque Colombia es un país donde nadie cree que la vida es Sagrada.