Seguimos en el proceso de
despedir nuestra futura ex casa familiar. Proceso interesante el de reunirnos
cada domingo y pasar toda la tarde hablando del pasado, mucho, mucho del presente pero sobre todo
planeando el futuro.
Sigo revisando mis cosas viejas.
Las nostalgias reaparecen. Encontré más de 600 cartas enviadas por mis amigos,
antiguas compañeras de colegio, amigos por correspondencia desde que tengo 15
años hasta la fecha. Increíble leerlas, cartas con más de 6 paginas escritas,
en su gran mayoría. El ejercicio físico de la muñeca en los tiempos del no
teclado era increíble. En una de mis
cartas, una de mis amigas del colegio me escribía que dejara de tratar de ser
amiga de una compañera a la que yo quería mucho pero que por alguna razón que
aún desconozco siempre discutía conmigo y hablaba de mí. Casi no recuerdo los
pormenores de la situación, pero creo que me afectó lo suficiente como para que
mi amiga dedicara casi 3 páginas a insistirme en que dejara las cosas así. Era una de las vecinas de mi puesto en alguno
de mis años de secundaria. Leer la carta
me dio mucha risa porque ahora es una de mis mejores amigas. Quien lo creyera.
Seguimos planeando como trastear
las cosas de la casa. A mi papá el asunto no le parece gran cosa. Todo lo
resume en meterlo todo en la camioneta y
mudar de a poco. Yo en cambio, experta en mudanzas, en 12 años me he mudado 5
veces sin ninguna baja en la cristalería, creo que el asunto merece todo un
proceso minucioso de planeación y coordinación. Requiere tiempo, cajas, muchos
periódicos, marcadores y una gran dosis de paciencia. Reflexionamos en medio de
la burla sobre todas aquellas veces en las que me he mudado desde que estoy casada.
La mayoría de las veces, fue por una casa más grande, o menor valor de
arriendo, pero una o dos veces no me soportaba a mis vecinos. Eran
escandalosos, groseros y atarvanes. Lo solucionábamos rápido. Escogía una nueva
casa, llamaba a mis amigos de las mudanzas, (ya para entonces hasta descuento
me hacían) recogía mis pertenencias y adiós.
Ahora mientras vivo en mi propia
casa, y mientras veo los avatares políticos y diplomáticos que nos embargan
como país, reflexiono sobre mis vecinos. Me encantan mis vecinos. Sin embargo,
hay un pequeño personaje que le hace la vida imposible a mi hijo. En medio de
la discusión le escucho decir al vecino: “no te comprare tus raspados”, “no me
interesan tus manillas”, “no quiero ser tu amigo”. Mi hijo sufre y por momentos
la rabia de leona herida se apodera de mis sentidos y pienso en irme para otra
parte. Pero finalmente, con la cabeza fría y el corazón arrugado concluyo: por
que he de marcharme de un lugar encantador solo porque un minúsculo porcentaje
de sus habitantes no me gusta. Algún día se irá, con suerte, mas temprano que
tarde. Mientras tanto mi hijo puede seguir manteniendo relaciones diplomáticas
y amistosas y relaciones comerciales con el resto de la humanidad, tanto con
sus otros vecinos como con su mundo cercano, de aproximadamente 10 edificios a
la redonda.
No puede renunciar a lo que es, a
su identidad, ni a sus principios, por mantenerlo contento, por encontrar una
amistad que no existe, no puede, no debe perder su dignidad, es lo único que
tiene como persona. El resto de cosas llegaran con el tiempo.
Mi apartamento es Colombia. Mi
edificio es América. Afuera es el resto del mundo.
Soy Pamela Cruz Escribiendo el 9 de agosto 2009 desde
mi pequeño refugio, mi hogar.