Su sola presencia inspiraba entre
respeto y miedo. Toda ella era grande. Su altura, su peso, su voz. Tantos años después de haberla visto por
ultima vez, soy incapaz de pensar que fuera menos alta y menos grande de lo que
recuerdo. No recuerdo otra cosa que no fueran los formales y tristes
vestidos negros con blanco. A veces
algun color marron se asomo dentro de su ajuar. Eso si, con su cuello tejido, en
reuniones formales, como lo usaban las abuelas. Era una de mis vecinas de
infancia, la mejor amiga de mi abuela y eso la invistió de una solemnidad y una
autoridad que desafiamos muchas veces cuando se metía en nuestras vidas, cuando ella considero que
debía.
Tenia varios hijos, todos ellos
profesionales, de los que hablaba con gran orgullo. Mi hija, la abogada; mi
hija, la juez; mi hijo, el profesor. Su nieta-hija, la medica. Sus nietos
pasaban todas las tardes en su casa, y en ella fui testigo de su estricta
disciplina de abuela. La hora de comer no tenía retraso. Como tarde 5:30 pm.
Todos en la mesa y se comía de todo. La comida no era light como ahora. Era
comida, comida. Su teoría era que los niños estaban en crecimiento y tenían que
comer bien. Jorgito era lindo. Y mi madre envidiaba que un niño tan pequeño
estuviera tan bien acostumbrado.
Su casa era grande. Enorme,
comparada con las casas de ahora. Muchas mecedoras elegantes repartidas por todos
los espacios. Un teléfono negro de los antiguos. 2 empleadas ilustradas, en su
mayoría. Niñas que trabajaron y estudiaron mientras le servían. Su habitación
era grande con dos camas antiguas y muchos recuerdos. En su patio había mangos,
plantas y un gran espacio para jugar. En la terraza pasaron mi abuela y ella sentadas
en sus mecedoras tardes enteras hablando de cosas de viejas. Era su mejor
amiga. Se visitaban, rezaban juntas, se acompañaban. Nunca supe si pelearon por
algo. Cuando mi abuela murió, ella sufrió mucho y nunca volvió a ser igual. La
niña Mary se sentía de la familia. Peleo un par de veces con mi padre, cuando pensó
que le tenía que cantar la tabla. Y se la canto. Supe hasta ahora que una vez
peleo con una vecina por defender mi honor. La vecina había bautizado a un can
con mi nombre. Cuando ella pensaba que debía hablarnos y aconsejarnos, lo hizo.
Y no tuve el valor de nunca negarme a escucharla, o a contradecirla.
Quería a mi familia. Después de
mudarnos, mis padres aun la visitaban. Ya mi papa había olvidado la tabla
cantada. Solo la visitaban. Creo que murió como quiso. De
vieja. De lo que debemos morir todos cuando nos toque. Se fue la última vieja
que conocí de niña. La noticia de su muerte me entristece. Me alegra saber que
vivió tanto. Mucho más que mi abuela. Me trae alegres recuerdos de una época de
puertas abiertas. De tardes enteras en la terraza de la casa meciéndose en su
mecedora, cuando las casas no tenían rejas que nos separaran de la gente,
cuando se saludaba a todo el que pasaba y cuando se podía parar sin mucho
problema al señor del pan que paseaba con la bicicleta, al hombre de la paleta,
al de la arropilla. Me trae recuerdos de las libres tardes de juegos mientras
vecinas como ella, efectuaban su estrecha vigilancia sobre nosotros, niños que
jugaban en la calle. Me da nostalgia saber que algún día yo seré una abuela
vieja que subirá a su apartamento topándome con puertas sin ventanas, con
vecinos a quienes no veo y con niños que ya no juegan en la calle.
Soy Pamela Cruz un día inusual de
nostalgia profunda.