Esta soy yo.


"Lo que inició como un espacio de desahogo, se convirtió en un espacio de testimonio. Lo que Dios ha hecho en mi vida, es mi deber contarlo. No para mí sino para glorificar Su Nombre, sobre todo nombre. Él vive, Él nos ama, Él es real. Él cambió mi vida, para siempre."

domingo, 19 de julio de 2015

SE MURIO LA NIÑA MARY

Su sola presencia inspiraba entre respeto y miedo. Toda ella era grande. Su altura, su peso, su voz.  Tantos años después de haberla visto por ultima vez, soy incapaz de pensar que fuera menos alta y menos grande de lo que recuerdo. No recuerdo otra cosa que no fueran los formales y tristes vestidos  negros con blanco. A veces algun color marron se asomo dentro de su ajuar. Eso si, con su cuello tejido, en reuniones formales, como lo usaban las abuelas. Era una de mis vecinas de infancia, la mejor amiga de mi abuela y eso la invistió de una solemnidad y una autoridad que desafiamos muchas veces cuando se metía  en nuestras vidas, cuando ella considero que debía.
Tenia varios hijos, todos ellos profesionales, de los que hablaba con gran orgullo. Mi hija, la abogada; mi hija, la juez; mi hijo, el profesor. Su nieta-hija, la medica. Sus nietos pasaban todas las tardes en su casa, y en ella fui testigo de su estricta disciplina de abuela. La hora de comer no tenía retraso. Como tarde 5:30 pm. Todos en la mesa y se comía de todo. La comida no era light como ahora. Era comida, comida. Su teoría era que los niños estaban en crecimiento y tenían que comer bien. Jorgito era lindo. Y mi madre envidiaba que un niño tan pequeño estuviera tan bien acostumbrado.

Su casa era grande. Enorme, comparada con las casas de ahora. Muchas mecedoras elegantes repartidas por todos los espacios. Un teléfono negro de los antiguos. 2 empleadas ilustradas, en su mayoría. Niñas que trabajaron y estudiaron mientras le servían. Su habitación era grande con dos camas antiguas y muchos recuerdos. En su patio había mangos, plantas y un gran espacio para jugar. En la terraza pasaron mi abuela y ella sentadas en sus mecedoras tardes enteras hablando de cosas de viejas. Era su mejor amiga. Se visitaban, rezaban juntas, se acompañaban. Nunca supe si pelearon por algo. Cuando mi abuela murió, ella sufrió mucho y nunca volvió a ser igual. La niña Mary se sentía de la familia. Peleo un par de veces con mi padre, cuando pensó que le tenía que cantar la tabla. Y se la canto. Supe hasta ahora que una vez peleo con una vecina por defender mi honor. La vecina había bautizado a un can con mi nombre. Cuando ella pensaba que debía hablarnos y aconsejarnos, lo hizo. Y no tuve el valor de nunca negarme a escucharla, o a contradecirla.

Quería a mi familia. Después de mudarnos, mis padres aun la visitaban. Ya mi papa había olvidado la tabla cantada. Solo la visitaban. Creo que murió como quiso. De vieja. De lo que debemos morir todos cuando nos toque. Se fue la última vieja que conocí de niña. La noticia de su muerte me entristece. Me alegra saber que vivió tanto. Mucho más que mi abuela. Me trae alegres recuerdos de una época de puertas abiertas. De tardes enteras en la terraza de la casa meciéndose en su mecedora, cuando las casas no tenían rejas que nos separaran de la gente, cuando se saludaba a todo el que pasaba y cuando se podía parar sin mucho problema al señor del pan que paseaba con la bicicleta, al hombre de la paleta, al de la arropilla. Me trae recuerdos de las libres tardes de juegos mientras vecinas como ella, efectuaban su estrecha vigilancia sobre nosotros, niños que jugaban en la calle. Me da nostalgia saber que algún día yo seré una abuela vieja que subirá a su apartamento topándome con puertas sin ventanas, con vecinos a quienes no veo y con niños que ya no juegan en la calle.


Soy Pamela Cruz un día inusual de nostalgia profunda.