Esta soy yo.


"Lo que inició como un espacio de desahogo, se convirtió en un espacio de testimonio. Lo que Dios ha hecho en mi vida, es mi deber contarlo. No para mí sino para glorificar Su Nombre, sobre todo nombre. Él vive, Él nos ama, Él es real. Él cambió mi vida, para siempre."

lunes, 20 de julio de 2015

DE APEGOS Y DESAPEGOS


Hoy es un domingo medio relax, estoy en casa mientras mi hijo disfruta con sus amiguitos, de un día de chicos. Aprovecho para hacer lo que más me gusta, escuchar a Andrea Bocelli en todas sus presentaciones, ponerme al día en el Facebook, llamar a mis amigas que viven lejos, ver las noticias de la semana, por aquello de no estar perdida en el mundo informativo.

Repaso las imágenes de Japón y mi corazón se encoje, las casas, los autos, las grandes edificaciones elaboradas por manos durante todos estos años, todo al piso, todo destruido en segundos por la fuerza de la naturaleza. Tanta gente muerta. Tantos desaparecidos. Y los japoneses con una serenidad que me da escalofríos.  En alguno de los artículos de los que leí hablaban de que estamos viviendo la generación del nanosegundo, donde cada acontecimiento caótico parece más caótico aún porque podemos presenciar en segundos lo que esta sucediendo. Ver los videos de cómo el mar y la tierra rugen y arrasan implacables con todo cuanto tienen a su paso, es sobrecogedor. La impotencia es total, y el nudo en la garganta y las ganas de llorar son insoportables. No sé si es morbo o incredulidad pero repaso una a una las imágenes. Son tan increíblemente parecidas a todas las películas apocalípticas que nos han inundado estos años.Pienso en todo lo que los japoneses han tardado en construir y en lo que la naturaleza se tardo en destruir. Que desproporción de tiempo. Cuanto tiempo perdido, cuanto esfuerzo, cuántas vidas reconstruidas luego de la guerra, cuántas vidas perdidas después de la guerra.

Esta tarde pasaron la película "Up". No la recordaba. La síntesis es un viejito de esos que abundan en estos días, amargado y aburrido con la vida a quien le da por sacar del corazón de Manhattan una vieja casa que la ciudad piensa en destruir y que el viejito se niega a abandonar. La saca de una forma inverosímil, volando a punta de mil globos, sin percatarse de que en el portal se le engancha un jovencito scout que minutos antes había sido agredido verbalmente por el anciano. Les pasa de todo, y poco a poco el viejito va soltándonos a la historia de vida y el motivo de su tristeza y amargura. Finalmente, luego de mil peripecias y en medio de un desierto lleno de cataratas en Suramérica, el hombre comprende que la casa voladora era el símbolo de todo lo que lo ataba al pasado y no le permitía disfrutar todo lo que le quedaba en el presente y que le brindaba para el futuro. Allí, en ese momento, abandona literalmente todo el andamiaje y sale en busca de su nuevo amiguito para reacomodarse a la nueva vida que le frece aventuras para lo que le queda de vida.

Mientras comparo las terribles imágenes de Japon con la aparentemente infantil película que me vi esta tarde, no puedo evitar pensar en lo estrechamente relacionadas que están ambas. La lección de los japoneses es la del desapego material y de la serenidad para aceptar lo que ha pasado y la entereza y dignidad para sobreponerse a la tragedia y seguir adelante con lo que la vida ofrezca.


Soy Pamela Cruz escribiendo hoy domingo 20 de marzo 2011, mientras pienso en el doloroso ejercicio que significa aprender a desapegarse de las cosas por muy preciadas que ellas sean.