Hoy es un domingo medio relax, estoy en casa
mientras mi hijo disfruta con sus amiguitos, de un día de chicos. Aprovecho
para hacer lo que más me gusta, escuchar a Andrea Bocelli en todas sus
presentaciones, ponerme al día en el Facebook, llamar a mis amigas que viven
lejos, ver las noticias de la semana, por aquello de no estar perdida en el
mundo informativo.
Repaso las imágenes de Japón y mi
corazón se encoje, las casas, los autos, las grandes edificaciones elaboradas por
manos durante todos estos años, todo al piso, todo destruido en segundos por la
fuerza de la naturaleza. Tanta gente muerta. Tantos desaparecidos. Y los
japoneses con una serenidad que me da escalofríos. En alguno de los artículos de los que leí
hablaban de que estamos viviendo la generación del nanosegundo, donde cada
acontecimiento caótico parece más caótico aún porque podemos presenciar en
segundos lo que esta sucediendo. Ver los videos de cómo el mar y la tierra
rugen y arrasan implacables con todo cuanto tienen a su paso, es sobrecogedor.
La impotencia es total, y el nudo en la garganta y las ganas de llorar son
insoportables. No sé si es morbo o incredulidad pero repaso una a una las
imágenes. Son tan increíblemente parecidas a todas las películas apocalípticas
que nos han inundado estos años.Pienso en todo lo que los
japoneses han tardado en construir y en lo que la naturaleza se tardo en
destruir. Que desproporción de tiempo. Cuanto tiempo perdido, cuanto esfuerzo, cuántas
vidas reconstruidas luego de la guerra, cuántas vidas perdidas después de la
guerra.
Esta tarde pasaron la película "Up". No la recordaba. La síntesis es un viejito de esos que abundan en estos
días, amargado y aburrido con la vida a quien le da por sacar del corazón de Manhattan
una vieja casa que la ciudad piensa en destruir y que el viejito se niega a abandonar.
La saca de una forma inverosímil, volando a punta de mil globos, sin percatarse
de que en el portal se le engancha un jovencito scout que minutos antes había
sido agredido verbalmente por el anciano. Les pasa de todo, y poco a poco el
viejito va soltándonos a la historia de vida y el motivo de su tristeza y
amargura. Finalmente, luego de mil peripecias y en medio de un desierto lleno
de cataratas en Suramérica, el hombre comprende que la casa voladora era el
símbolo de todo lo que lo ataba al pasado y no le permitía disfrutar todo lo
que le quedaba en el presente y que le brindaba para el futuro. Allí, en ese
momento, abandona literalmente todo el andamiaje y sale en busca de su nuevo
amiguito para reacomodarse a la nueva vida que le frece aventuras para lo que
le queda de vida.
Mientras comparo las terribles
imágenes de Japon con la aparentemente infantil película que me vi esta tarde, no
puedo evitar pensar en lo estrechamente relacionadas que están ambas. La
lección de los japoneses es la del desapego material y de la serenidad para
aceptar lo que ha pasado y la entereza y dignidad para sobreponerse a la
tragedia y seguir adelante con lo que la vida ofrezca.
Soy Pamela Cruz escribiendo hoy
domingo 20 de marzo 2011, mientras pienso en el doloroso ejercicio que significa
aprender a desapegarse de las cosas por muy preciadas que ellas sean.
