Estoy en un ciclo de películas
con mi familia. En vacaciones nuestro ritual es sacar una película por miembro,
verlas en la cama, con aire acondicionado, arrunchados los tres.
Anoche el turno fue para Invictus,
la película del juego que cambio la historia de Suráfrica. A propósito de
mundial, quisimos ver esa película que habla tanto de mundial, como de África,
como de deporte. Necesitaba una película que me lograra sacar las lágrimas
políticas que tenia represadas en mi conducto lagrimal sin que se notaran.
La historia social y política de
Sudáfrica estaba plagada de más diferencias que similitudes. Los negros amaban
el fútbol, los blancos amaban el rugby; Los negros eran mayoría poblacional,
los blancos eran minoría; los negros
habían sido oprimidos, los blancos habían sido opresores; los negros soñaban con justicia-venganza liberadora, los
blancos opresores temían represalias; los negros usaban una nueva bandera arco
iris, los blancos se aferraban a la bandera de apartheid. Los negros confiaban
en su nuevo presidente Mandela, los blancos se resistían a creer que este
hombre negro los dirigiría, y sacaría el país de la crisis que ellos mismos
habían provocado.
Esa era una sociedad
profundamente dividida, profundamente lastimada, profundamente resentida.
Mandela, hombre visionario, sabio
y conciliador, hizo lo que nadie creía posible. Uso un elemento bastante
particular para lograr que negros y blancos se miraran sin reojo, para lograr
que los blancos y negros se sintieran habitantes de un mismo país, con objetivos
comunes, con el mismo norte. Para curar las heridas del pasado, lograr perdón y
entendimiento entre unos y otros.
Hoy me siendo como la minoría
africana: Derrotada, resentida y temerosa. Acepto nuestra derrota, estoy
profundamente herida por la forma como se llevo esta campaña, llena de insultos
y de intolerancias, tanto de verdes como de naranjas que se convirtieron en
multicolores. Estoy llena de desconfianza y temor por las represalias de los
ganadores, y no creo para nada en ese discurso aparentemente conciliador del
nuevo presidente y no siento que sea capaz de cumplir con la cantidad de
promesas repartidas. Sin embargo, algo adentro de mi desea con todas sus
fuerzas, que nuestro nuevo presidente para los próximos cuatro años, tenga la
grandeza y la imaginación de este líder negro, octogenario, sabio y sagaz, que
supo encontrar entre las profundas diferencias de su país, entre sus heridas,
tristezas y desesperanzas, un elemento muy particular que logró aglutinarlos
frente a un objetivo común, que logró devolver la confianza en sus promesas y
que los hizo participes del cambio.
Soy Pamela Cruz escribiendo hoy 21
de junio del 2010, cuando hoy inicia un nuevo periodo en el que sueño con que
cumpla todo lo que prometió, solo por el bien de Colombia, por el futuro de mi
hijo.