Cuando era pequeña y no obedecía,
recibía invariablemente amenazas con la aparición del famoso y nunca visto "Coco". Si me portaba mal, si no comía las
verduras o si le pegaba a mi hermana,(
lo que ocurría con cierta frecuencia), desaparecería de la faz de la tierra
devorada por el famoso coco. Nunca lo ví. Nunca me lo tope pero de alguna forma
sus efectos devastadores marcaron mis pasos rectitud forzada en mi infancia.
Como los niños de hoy tienen en el chip la vacuna anti sustos, he
tenido que tratar nuevas formas de
terror para lograr los objetivos en casa. Traté con el Mohan, con la pata sola,
con la llorona e inclusive alcance a mencionar
el Coco y nada me funcionó. Por
fin alguna vez, por casualidad, mi hijo que me preguntó sobre drogas, tuve la
oportunidad de contar una historia de la vida real, por lo menos una historia
que lo puso a pensar cuando piensa que va a hacer algo mal.
Fue la historia de un amigo que
ahora descansa, espero, en la paz del Señor. Un amigo que conocí en la época en la que los mejores amigos
estaban en el mismo barrio. Crecimos
juntos, jugamos juntos y, en algún
momento que se escapa a mi entendimiento, su camino se separó y tomó el oscuro
sendero de las drogas. Nunca lo supimos cómo
pero cuando menos lo esperamos ya estábamos haciendo un grupo de apoyo en Crea,
tocábamos en navidad, participábamos de todas las actividades internas, los
visitábamos. Fue una época intensa de nuestras vidas. Vimos historias
espectaculares de recuperación, conocimos jóvenes admirables con historias
increíbles y también sufrimos cuando después de verle crecer su hermoso cabello, marco
de un rostro vivaz, a la siguiente
visita nuevamente veíamos aquella bola de billar con ojos tristes y
avergonzados. Tuve dos amigos en esas condiciones. Uno de ellos salió adelante,
el otro por más que lo intento, no pudo. Se hundió más y mas en ese mundo loco,
todos se cansaron de tratar de sacarlo del hoyo, mientras él perdía el brillo
de sus ojos y se hundía en su mundo. Una mañana triste, apareció muerto en una
casa cercana. Desgreñado, irreconocible. Sólo hurgando debajo de aquellos
harapos viejos y mugrientos, y de lo que quedaba aquella melena ensortijada, descubrieron
los vecinos de quien se trataba.
He recordado a este amigo y su
historia porque a veces parece que vivo una historia similar. Una historia
donde el enfermo es mi país y igualmente enfermos somos todos los que vivimos
en él. Un país donde crece la resignación, donde preferimos voltear hacia el
otro lado cuando lo que vemos, no nos gusta,
nos incomoda, o nos aterra y nos saca de nuestra zona de confort. Será que estamos tan enfermos como los amigos
y familiares de mi amigo que finalmente sucumbimos ante la magnitud del
problema y no luchamos hasta el final? (me incluyo yo, que mea culpa, alguna
vez lo vi en la calle y me di la vuelta asustada).
Vivimos en un país enfermo donde
ya todos volteamos la cara. Vivimos en un país que necesita gente sana y tenaz
para no dejarlo sucumbir. Gente que vuelva a pensar y a creer que La vida es
sagrada, que los dineros públicos son dineros sagrados, que con educación todo
se puede, que la constitución es nuestro marco legal, que deben existir solo atajos
legales y éticos, que los servidores públicos deben trabajar para quienes los
elegimos y no para construir sus riquezas con dineros de otros.
Aplicando lo que aprendí en el
grupo de ayuda de mi amigo, Me declaro enferma viviendo en un país enfermo,
pero también me declaro deseosa de curarme. Necesitamos curarnos, pronto, por
el país que heredaran mis hijos, mis sobrinos, los hijos de mi amigos.
Soy Pamela Cruz escribiendo el 24 de abril del 2010, luego
de 5 días tratando de expresar el agobio que siento al ver cómo buenas personas están enfermas, pero
aún no se dan cuenta.