“42 años 11 meses 1 un día.” Con esa frase contundente fue diligenciada la casilla de mi edad en el Centro Médico a donde fui a parar el primer día de mi gloriosa semana dedicada a los libros en Bogotá. Hasta allí llegué fruto de una presión en mi cabeza que pensé que la haría estallar en pedazos como esas escenas de cine violento que varias veces he visto. “¿Tuvo un disgusto? ¿Una discusión?” Me decía el enfermero que me atendió antes de avisarme que tenía la presión disparada. Yo me reí. “No, no, no! mida otra vez. La única que tenía esa presión en mi casa era mi abuela. Yo no sufro de eso”. Y mientras medía de nuevo y la lectura daba exactamente lo mismo que la primera vez, mi cabeza quería estallar en pedacitos. Pase dos horas en una sala esperando que se me pasara la tensión alta con la orden expresa de ir a Urgencias si en la noche me volvía el dolor de cabeza y con una cantidad de exámenes médicos que debía realizarme al día siguiente, sin falta y a primera hora. En resumen, pasé mi semana cultural alternando entre la feria, el centro médico por control arterial, paranoica de comer con sal en una ciudad que no condimenta sus comidas, con toda mi familia llamando o escribiendo preguntando por mí y tratando de asistir a los compromisos de trabajo y de capacitación, mientras mi cuerpo se auto revisaba para detectar cualquier signo que me asustara como el primer día.
La semana fue más lenta de lo normal, aunque traté de volverla normal. Eso, que lo diagnostiquen a una hipertensa, a los 42 años 11 meses 1 día no deja de molestar. Esto es para viejos, aunque algunos de mi grupo de amigos de colegio, se burlaron toda la semana, el tema es que los 40’s deben ser los segundos veinte; y a los veinte yo no sufría de nada, excepto de crisis existenciales que no suben la presión pero si derrumban el alma.
Las alarmas del cuerpo sonaron: “baje la ingesta de sal, haga ejercicio, camine, baje de peso, medite”. Eso dice mi fórmula médica. Acompañada de 2 medicinas que casi me suben la presión por el precio que tenían. Pase el resto de la semana tomando pastillas dos veces al día, caminando por lo menos 30 minutos diarios y preguntando en los restaurantes sobre la composición de la comida, mientras lidiaba con la rabia de ser hipertensa a los 42 años 11 meses y 1 día.
El último día, pase los controles del aeropuerto muy decidida a no mostrar mi jadeo, a comportarme muy atlética porque tenía 4 días practicando mi caminata. Cuando por fin llegué a la sala donde estaba estacionado mi avión, sin mostrar mi cansancio, luego de caminar por cerca de 12 salas antes de llegar a la mía, y agradecía a Opaín (el operador de El Dorado) que no hubiera colocado bandas transportadoras para que yo pudiera ejercitarme como me había mandado el Internista, me percate, justo 30 segundos antes que llamaran a abordar que había dejado mi computador y mi tableta, en el control de ingreso.
De inmediato comenzó una carrera miserable contra mi estado físico. Nunca jamás había sentido la impotencia de correr y correr y sentir que no avanzaba nada. Lo único que quería era recuperar mi computador y mi tableta, sin matarme en el intento y sin que me dejara el avión que me traería de regreso a mi casa con mis amores. No sé cuánto corrí pero al ver que no llegaba y que tenía la lengua literalmente afuera, paré a la primera persona que se me ocurrió y le dije jadeando como los locos: “Soy hipertensa, mi avión va a dejarme y tengo que llegar a la sala de control por mi computador”. La mujer, me miró, con toda la calma del caso me dijo que me tranquilizara, que ella me acompañaría a reclamar las cosas y que el avión no lo perdería. Efectivamente, alcancé a recuperar mis electrónicos, me encaramó en una silla de ruedas y me escoltó hasta el avión que estaba terminando el abordaje. Cuando todo estuvo bajo control, me dijo “Señora Pamela, usted no debe preocuparse por las cosas materiales, esas se recuperan. Claro que sé que en el computador están sus cosas y sus negocios, pero, ¿Qué le pasaría a todo si usted se muere en este instante? La vida le cambia en un ratito y ya no podrá disfrutar de ella si no se calma. Más bien rece por mi esta noche.”
Ella me daba el sermón mientras yo seguía jadeando en la silla de ruedas y tomaba el agua que me había ofrecido mientras la gente subía a la aeronave. Como estaba sentada, tratando de ver su carnet para saber cómo se llamaba, vi la foto de una niña bellísima rubia con rizos y sonrisa mágica. Se me ocurrió un “Claro que sí. Rezare por usted y por su hija.”. Su cara se transformó, se tensionó y me contestó: Solo rece por mi porque mi hija no necesita oración. Ella ya es un ángel que desde el cielo me cuida.” Algo se rompió en mí en ese momento. No supe que decir y no supe que hacer. Pero ella lo hizo por mí. Me contó que Karlita, su hija, había muerto en un accidente de tránsito hacia 4 años, que patinaba, que era deportista que era la mejor alumna del Colegio Maria Montessori. Y que después de su muerte, a ella no le había importado nada porque su vida se había desmoronado. Pero que su hija desde el cielo, y Dios en su infinita misericordia habían logrado que ella no pensara en suicidarse sino que le había permitido tener en este trabajo, una oportunidad de dar testimonio sobre el amor de Dios, sobre los caminos misteriosos que toma para obrar en cada uno y sobre la importancia de vivir cada instante, porque la vida puede cambiar de un momento a otro, de un segundo a otro cuando menos lo esperes, dejando todo lo material atrás. Cuando llegué a mi silla, la 10K lo único que pude hacer fue sentarme a llorar.
Soy Pamela Cruz, escribiendo el 3 de mayo 2015 sobre Luz Stella, Karlita y yo, una mujer de 42 años 11 meses y 8 días en el viaje más misterioso realizado para que Dios me hablara por intermedio de mi cuerpo, mis amigos, el clima, Luz Stella y su hija Karlita.