Cuando tenia 4 años veía con infinita tristeza a mi hermana salir cada madrugada para el colegio que nos quedaba en la lejanía.
Vivíamos frente a Sears, en un apartamento enorme en la Cra 50 # 50-118. Frente a nosotros estaba la casa de los Bellingrodt. Con su patio lleno de árboles, era como un oasis en medio del parqueadero enorme de la moleamericana. Mientras escribo, no puedo evitar pensar que posiblemente lo que era Sears fuese una premonición sobre lo que se convertiría la Ciudad: Puro Asfalto y Cemento. En fin, el conocido Barrio Abajo lo recuerdo como un sector vivo y alegre con gritos, vendedores con parlantes, niños jugando en la acera, la conocida tienda de la esquina, donde vendía al fiado y donde los fines de semana, atípicamente, no se reunia nadie porque al dueño, el borracho barranquillero le parecía muy pesado.
Lo que si tengo en mi memoria, es aquella tristeza con la que veía partir a mi hermana al Colegio Americano. Yo quería aprender al igual que ella, y quería escribir y leer. Recuerdo que escribía, si a escribir se le podía llamar a gastar hojas de una libreta haciendo jeroglíficos incomprensibles que nunca entendería nadie y dibujar líneas y trazos sin son ni ton. El escritorio para mis tareas autoimpuestas era un escalón que dirigía al baño de la casa, de esos antiguos y grandes que tenían dos puertas que comunicaban a otro lado de la casa.
Añoraba aprender a leer y a escribir, yo quería ir al colegio. Como contentillo, mi padre me comenzó a llevar a recoger a mi hermana a medio día. Recorría toda la manzana, feliz, con una emoción tal, que me hacia casi desmayarme. Una vez, esperando que saliera mi hermana, mi papá se acercó a una señorita muy linda. Yo la veía enorme, hermosa, y muy joven. Creo que era recién bachiller y era la secretaria del Rector de Primaria. Mi papá le comentó que yo quería aprender a leer, y no recuerdo si fui yo, él o ella, el asunto es que de repente terminé con una profesora de escritura, que me asignaba tareas para cada día y que yo, religiosamente, cumplía. Cada medio día feliz acompañaba a mi padre a recoger a Adriana, y yo solo esperaba que la profesora saliera a ese pasillo de la rectoría, me revisara la tarea y me diera nueva asignación.
Cuando terminaba el año, les pedí a mis padres que me dejaran entrar al colegio, y aunque sé que el asunto era demorarme más en casa por aquello del billete, mi mamá me llevó a hacer pruebas para ingresar, se supone que a pre kínder. Mis pruebas me ubicaron de una vez en Kínder. Sabía leer a medias, escribir el abecedario, los números, las formas geométricas. Pero la psicóloga insistía en dejarme en un nivel inferior, por la edad. Finalmente creo que primó más mi cara de yo puedo, mi mamá insistiendo y mi profesora autoimpuesta haciendo fuerza y de allí salí orgullosa con mi cupo para mi primer año de colegio.
Hoy recuerdo a mi primera profesora, a quien jamás olvidé por hacerme cada día una asignación sin recibir nada a cambio, porque finalmente y después de muchos años la volvía a encontrar en Facebook. Fue profesora, Coordinadora Académica y hasta Rectora del Colegio. Hoy cumple años tiene esposo, tres hijos y una nieta igual a la abuela. Y ella sigue tan hermosa como cuando la vi aquella vez hace más de treinta y pico de años en ese corredor que se convirtió en mi colegio.
Soy Pamela Cruz escribiendo hoy 2 de noviembre/14 en honor a una gran mujer, Sarita Dagand de Díaz una persona que ocupa un lugar especial en mi corazón y a quien recuerdo con un afecto infinito, porque alimento mi amor por aprender y ese regalo aún lo llevo conmigo.