La celebración del día del Padre siempre ha sido la más polémica, por lo menos en mi país. El treinta por ciento de la población cree que es el segundo domingo de cada mes. El otro treinta cree que es el tercero. Y un pequeño grupo ni sabe ni le importa cuando sea. Cuando trabajaba en la cadena de retail, existía la confrontación entre el equipo de compras Hogar y el de Textil, sobre el mismo asunto, a fin de lograr que la publicación de la separata con las opciones para la dotación del hombre de la casa, tuviera mayor impacto en ventas. Algunas veces se hacía al inicio del mes, otras veces nos complacían y dejaban publicarlo para la quincena y con eso lográbamos nuestras metas de ventas. En mi casa, todos los años, existe la misma confusión. Mi esposo siente que le celebran la fiesta trasnochada, mientras a que mi padre, hombre desapegado de las cosas materiales, la fecha no le importa. “Todos los días son los días del padre”, me dijo esta semana. Esa frase, que yo tengo de cajón y que repito cada mayo, me caló hondo esta vez.
Mi primer recuerdo de mi padre, el que tengo vivo en mi memoria, sucedió cada mañana, hace muchos años cuando me tomaba de la mano y juntos llevábamos a mi hermana Adriana a su Colegio Americano. Yo madrugaba con un gusto, que jamás volví a sentir. Acompañaba a mi padre y a mi hermana en el recorrido, hasta el colegio donde yo ansiaba estudiar. Me encantaba. Sentirme protegida de sus manos grandes, y paseando con este hombre que mataba las cucarachas y murciélagos que se colaban por la ventana de la Cra 50 # 50 -118 en el Barrio Abajo, y que invadían mi casa cuando lluvia se alborotaba. El mismo que nos montaba en su moto Susuki para pasearnos por el barrio, el mismo que hacia el mejor árbol de navidad que yo recuerde en mi vida. La escasez no se notaba en casa porque mis padres la pintaban y decoraban. La navidad llegaba de la mano de un hombre que transformaba un palo de escoba y unos chuzos de asar en un alegre y festivo árbol plateado con papel cortado colgando en sus ramas. Con tres mujeres en casa además de la abuela y la mama, alguien tenía que ser la asistente operativa de mi padre. Yo, aprendí a taladrar ayudándole a abrir huecos, aprendí a martillar, aprendí a trabajar a fuerza de llevarme a su negocio. Me sentía especial siendo una mujer que martillaba, taladraba y aprendía a hacer negocios con este hombre que convencía a todos con su cultura. Aprendí a leer a fuerza de ver los libros de su biblioteca. El los leía y releía para aprenderse los pasajes que más le gustaban. Es mas, lo sigue haciendo. Sus temas de conversación son infinitos. Sabe de todo. Hasta de tecnología sin tocar un computador. Le tiene pavor a los smartphones. Dice que vuelven bruta a la gente. Se ufana de su excelente memoria, fruto de ejercicio constante para memorizar un número telefónico. “Ahora ya la gente no quiere aprenderse un numero”, me espeta de vez en cuando. El macho más macho de mi casa, muere por los 5 nietos que tiene, y suspira por la única mujer que no puede ver crecer cada día. Sus hijas a falta de hijos le regalamos 5 nietos y una joya de la corona, que no disfruta a menudo: su única nieta. Mi padre, canta terrible, pero su voz cada cumpleaños es un “Must” que no falta en cada llamada. Mi padre, sobreviviente de una niñez rodeada de violencia de la que solo he escuchado hablar una sola vez en mi vida, en el paseo del año pasado, cuando revolvimos las raíces, añora su llano del alma, el campo que huele a vaca, a tierra mojada a atardeceres rojizos. Mi padre, hombre de infinita paciencia, solo la perdió conmigo varias veces, dándome mis buenos coscorrones y perdonándome las insolencias que mi boca le lanzaba en medio de la furia. Mi padre, que recita pasajes enteros de Cien Años de Soledad, no tiene memoria para los rencores, para las ofensas, para los desplantes. Mi padre, se tetaniza con un abrazo, pero te envuelve con su mirada profunda y te hace sentir protegida hasta la luna. Mi padre, a mis 43 años y 23 días sigue regañándome como ayer, mandando a la mierda a quien me ofende, sigue dándome consejos no pedidos, plantándome en una silla hasta asegurarse de que le entiendo o que se explica completamente. Mi padre, es la única razón por la cual supe escoger al hombre que a su vez se convirtió en el padre de mi hijo. Porque la decisión mas importante de una mujer es saber escoger a quien se convertirá en el padre de sus hijos, yo tuve el modelo con el que quería que mi hijo creciera. Un padre que perdona setenta veces siete, un padre que nunca se rinde, un padre que ama hasta el infinito, un padre que me protege aun cuando mis años y mi experiencia, deberían protegerme sola. Gracias a mi padre, mi hijo tiene el mejor padre que hubiera podido escoger para el. Eres afortunado Emanuel, porque yo misma soy una mujer sumamente afortunada.
Soy Pamela Cruz, escribiendo hoy 20 de junio para el día del padre que finalmente se celebrará mañana, para estos hombres que rodean mi vida y me hacen una mujer completamente feliz. Los padres de mi vida.




