Pocas cosas en la vida me apasionan tanto como una buena serie de TV gringa. Tienen de todo. Drama, suspenso, lágrimas y giros tan sorprendentes en los guiones que te dejan pensando llorando o reflexionando un par de días. Me pasaba con ER la primera serie que catapultó a mi bello y codiciado George Clooney. Me pasa con Meredith Gray en Gray’s Anatomy. De todo puede suceder cada semana, mientras salvan vidas. Mientras tanto, hacen sus vidas, se enamoran, se desenamoran, ponen cuernos, tienen sus yos perdidos, los vuelven a encontrar, sufren de conflictos profesionales. En fin, pasa de todo.Esta serie en particular me fascina porque su protagonista, a todo lo que le pasa siempre le encuentra un fondo, allá donde nadie lo ve, un aprendizaje, una reflexión. Algo, de todo lo malo o de todo lo bueno, siempre encuentra un mensaje de vida. En fin, esta semana se terminó la temporada de Meredith. Se nos murió el marido, se reconcilió con la hermana, y cada uno de los personajes del programa evolucionó o involucionó de acuerdo con los méritos que hizo para ello. Al final, como siempre, en medio del drama por esa ruptura con un pasado reciente, Meredith encuentra cómo darle ánimo a su hermana, porque al tener experiencia en desgracias, sabe cómo ayudar en las ajenas. Como decía, siempre viendo el vaso lleno de las cosas.
Hoy, mientras recorro lo que han sido los últimos 8 años, 10 meses y 26 días dentro de mi mundo Uninorte, mientras recuerdo que en sus jardines comencé a ver los árboles desde un punto de vista distinto, no como simples elementos vivos ornamentales sino como seres vivientes cuya misión en la vida es cubrirnos con su sombra y darnos el oxígeno que malgastamos, mientras recorro cada uno de los pasillos con los que soñaba mientras estuve afuera y añoraba volver sin saberlo, mientras veo los rostros de los que fueron mis compañeros y amigos durante todos estos años, y trato de recordar las condiciones en las que nos volvimos cercanos (seguramente a fuerza de vernos y saludarnos cada día), mientras guardo cada uno de los mil detalles que hacían de mi oficina mi segundo hogar y trato de ubicar como terminaron decorando ese lugar ecléctico y cargado de color que algunos criticaban pero que me encantaba, mientras entrego cada una de las carpetas y pendientes de mi puesto, recuerdo todo lo que pasó en estos 8 años 10 meses y 26 días, que pasaron mientras no me di cuenta. En ese tiempo, mi hijo paso de tener 8 años a 16. Volví a embarcarme en una pasión dormida, la lectura. Volví a escribir. Nació el Facebook, se murieron varios amigos, conocí infinidad de gente hermosa, por dentro y por fuera. Peleé y me reconcilie infinidad de veces con algunos. Hubo drama, sudor y lágrimas. Tuve noches de insomnio pensando cómo resolver cosas. Me trasnoché haciendo inventarios, comimos muchas pizzas montando un sistema que del que me siento absolutamente orgullosa. Participé en remodelaciones físicas y organizacionales. Fui testigo de amores y desamores. Participé en varios matrimonios y ayudé a organizar uno. Vi nacer bebes. Tuve una relación de Odio-Amor con la Calidad. A tal punto que luego mi tesis de maestría, la hice del mismo tema. Estudie. Seguí trasnochando. Entre como especialista y salí como MBA. Lloré con los dramas de mis amigos. Conseguí una mesa permanente en el Café. Mi mesa preferida entre todas las mesas. Ese lugar, casi igual en el que Meredith también se sentaba con sus amigos a desahogar sus penas de amor, de trabajo, de relación. Ese lugar donde hablaban, peleaban, lloraban, se reconciliaban mientras comían. Cada rincón de este Campus donde pasé los últimos 8 años 10 meses y 26 días, tiene un pedacito de mí y yo de él. Cada una de las personas que conocí, que me saludan hoy y que me han saludado siempre, tienen una historia conmigo y yo con ellas. Breves y sencillas como un saludo y una sonrisa. Largas y complejas como los aprendizajes recibidos desde el amor o desde el dolor. Veo hacia atrás y solo veo cosas hechas. Veo hacia atrás, en capítulos anteriores, y solo tengo agradecimiento. Por las lecciones recibidas, por el cariño demostrado, por la amistad manifiesta, por los abrazos, por los besos, por las oportunidades de estudio, por el olor de los libros nuevos. Veo mi último capítulo de la temporada y solo veo realizaciones. El Guionista Divino que hizo mi papel en esta serie, lo hace de maravilla. Ahora después de un breve receso, debe volver la temporada siguiente. La espero con ansias. Al fin y al cabo, el Guionista Divino, tiene mi libreto escrito, guardado entre las nubes, esperando el comienzo de la temporada, para nuevamente llenarme de nuevos capítulos.
Soy Pamela Cruz, escribiendo hoy 12 de junio 2014 último día de mi final de temporada en esta aventura llamada Uninorte, sintiendo la satisfacción del deber cumplido y completamente agradecida con el Guionista Divino que hace de mi vida una verdadera aventura.



