Yo tengo un amigo. De esos que en la epoca de antes surgían fruto de los intercambios de cartas que duraban meses en llegar, de un remitente lleno de historias a un destinatario ansioso de recibirlas. Ese amigo tenia unos padres, que solo ví dos veces en mi vida. Una de esas veces me visitaron en Barranquilla.
Corría la década del 90 y su esposa y él visitaron Barranquilla para un concurso de jardinería. No los conocía personalmente, pero a fuerza de leer las historias que me contaba mi amigos sobre su familia, sentí desde siempre que también eran mis amigos. Al fin y al cabo varias veces ungieron de paloma mensajera enviándome noticias de mi amigo, que a veces desaparecía. Esa vez, una de las dos veces que los ví juntos, comprendí la inmensidad del amor. Se llamaban mutuamente "El amor". "Es que el amor aquello", "es que amor esto". Me sonó bastante cursi en su momento porque ellos, señores mayores, con muchos años de matrimonio a cuestas, se trataban como dos tortolitos recién enamorados. Así fue hasta hoy, cuando la vida del Doctor Duque se apagó para siempre. Se fue uno de los dos amores.
Partió a lo alto desde donde cuidara de su amor. Se fue dejándome la nostalgia de no haberlo visto la última vez que estuve en Bogotá y de no poder acompañar a su familia en este momento. Se fue un enamorado de su amor. Se fue el protagonista de una historia de amor con final feliz. 3 hijos bellisimos, 4 nietos hermosos, y muchas personas que lo amaron y que siempre lo recordarán, es un buen balance de vida. Yo fui afortunada porque, que gracias a las cartas que nos enviábamos mi amigo Alvaro Enrique Duque y yo, pude conocer, en la época en la que el desamor acampaba en mi vida y no se iba, que el amor existe, y que a los afortunados que nos toca nos los mantiene vivo hasta que la muerte separe.
Adios Dr Duque. Su deber esta cumplido.