Cuando era mas
joven, en la última navidad que disfruté de mi abuela tuve la oportunidad de
realizar un ceremonial de aquellos que mi padre siempre criticaba aún no sé si
por largo, si por monótono o por emotivo. Aquel 31 de diciembre faltando
minutos para las 12, prendimos velas, apagamos luces y dedicamos lo últimos
minutos del año 1991 a quemar un papel con las cosas malas sucedidas, a
escribir las buenas y decirlas a todos y a hacer nuestro listado de propósitos
para el año siguiente y conservarlas en algún lugar. Con mis amigos del colegio
aún conservo este ritual anual que nos encanta. Nos reunimos una vez al año a
hacer exactamente lo mismo que hacíamos en casa, es una especie de terapia,
compartir lo bueno y lo malo pasado en el año que se termina y nuestros sueños
del año siguiente.
Varias veces, cuando era más pequeña y llegaba el día de la
madre, casi que obligaba a mis hermanas y a mis vecinas, Claudia y Alexandra a
armar todo un programa en homenaje a las madres. Las pobres soportaban toda la
tarde viéndonos recitar, actuar o cantar en la casa de turno. Comían dulces,
gaseosas y no recuerdo que más.
Cuando me casé con
mi esposo luchamos a brazo partido para celebrar nuestra boda en la playa, por
el profundo significado que tiene el mar para mi esposo y por el romanticismo
que despierta, en una época donde todos se casaban de noche. No la ganamos
porque como era época de lluvia nos convencieron, pero si gané la batalla de
escoger mis flores de mil colores, que
era mi forma mi contravía a todo lo clásica y formal. Pobres de mi madre
y mi suegra cuando intentaron decorar la iglesia con tradicionales rosas
blancas.
Cuando cumplí 10
años de matrimonio, realizamos nuevamente nuestra renovación de votos sin
esperar a los 25 años. El planteamiento era sencillo: en una época donde todos
se casan y descasan con la rapidez de un SI, llegar a 10 años es toda una proeza. Lo
celebramos en una ceremonia bellísima acompañados de nuestros amigos, nuestro
círculo familiar y nuestro hijo.
Los pequeños
rituales llenan las recuerdos de significado. Sin ellos la vida sería como
una sopa sin sabor. Que la adobemos con sal, pimienta o picante es opcional de
cada cual, eso es lo que la hace especial.
En estos días
cuando todos critican que Mockus y su mujer se hayan casado en el lomo de un
elefante, bajo la lona de un circo, sólo recuerdan la ridícula escena que
vieron en televisión y en las fotos de
la época. Nadie, ni yo, lo confieso, sabía la romántica historia que contienen
esas imágenes para los protagonistas. Como describía la revista Gente en su
entrevista a la futura Primera Dama, al
ser Antanas separado, le pidio que se casaran en un lugar que reuniera solo 3:
1 un lugar no impersonal (como una notaria), 2 donde reinara la armonia de la
diversidad y donde se realizaran rituales. Ella le propuso, en broma un cirso y
se dieron cuenta que si cumplía con las tres. Hay mayor romanticismo que ver
realizado tu deseos con el príncipe de
los sueños, cumpliendo con los 3 acertijos que de pronto otro no había sido
capaz de resolver?
Soy Pamela Cruz,
escribiendo el 12 de mayo después de leer una nota que conmueve mi fibra romántica en una
campaña electoral, donde hasta lo romántico, se quiere hacer ver como perverso.