Soy hija de amantes de la tierra.
Mis padres crecieron en el campo, aprendieron a cultivar, a trabajarla y a
esperar pacientemente que alguna vez diera sus frutos. Mis padres y mi abuela
fueron los precursores de la consciencia de reciclaje. Cuanta lata o frasco que
se usaba en casa era el futuro recipiente de las innumerables plantas que
adornaron patio, pasillos, ventanas y terrazas familiares.
Yo en cambio, fui hija de ciudad
toda la vida. Los mosquitos me dejaban ronchas y siempre terminaba con alguna
espina clavada en la planta del pie, un cadillo pegado a la ropa y mucho
fastidio encima, cuando a mis padres les daba por visitar fincas, campos o
pastizales. Lo único que sobrevivió a mi fue un cactus que, pese a ser fuerte
casi sucumbe, porque inclusive en el desierto recibía más agua de la que yo le
brindaba.
Con esos antecedentes ecológicos,
el día que llegue eufórica gritando que estudiaría Agronomía en la Universidad
del Magdalena, mi papa sabía que esa decisión tenia nombre y apellido. No se
equivocaba. Me había enamorado de un estudiante de agronomía, había aplicado, a
escondidas, y había sido aceptada en esa
universidad. Así que mi padre, conociendo el talante de su hija, nunca dijo
“JAMAS”, lo que me generó bastantes suspicacias. Al contrario de lo que yo
pensaba, mi “comprensivo” padre me apoyó, y un día cualquiera llegó con dos
cupos para asistir, Padre e Hija a un Curso de Cultivos Hidropónicos. Me compró
todos los elementos y los dos asistimos emocionados al Seminario.
Después de dos meses de intentar
que el semillero de tomates y ajies germinara en la teja con canaleta que
servía de Matera, instalada en el patio de mi casa, y repleta de cascarilla de
arroz, que suplantaba la tierra natural, por fin logró dar…. Arroz!!! Que tristeza tan
infinita cuando lo único que pudo nacer después de muchos días de agua,
descuidados, en mi propio huerto, ni siquiera había sido sembrado por mí. Y
allí mismo, y con la cascarilla de arroz, murieron mis deseos por ser agrónoma.
Sobra decir en que me convertí: en
Ingeniera Industrial y en mis ratos libres en una escritora frustrada. Sin
embargo, siempre me quedó la frustración de no haber sido capaz de cultivar algo
en el patio de mi casa. Ya casada, he logrado que mi apartamento tenga algunas
plantas y una espectacular sábila que adorna la sala de mi casa y que me indica
cual invitado tiene la energía positiva o negativa por la altura que alcanzan
sus puntas.
Alguna vez, mientras paseaba mi
perro, comencé a ver que el paisaje urbano tiene más que calles, carro y
edificios. Silenciosos se levantan los árboles que sobreviven a nuestra
indiferencia y maltrato. Y comencé a fotografiarlos. Y comencé a registrar
tanto las bellezas que día a día nos iluminan el camino como las atrocidades
que cometemos en nombre del progreso.
Hay mas como yo. Los he
descubierto en el camino. Mas seres pensando en lo que estamos destruyendo y en
cómo hacer que otros seres vean lo que tienen ante sí, pero la prisa, las
distracciones y el tiempo no lo permiten. Seres como Irene Charco y Mauricio
Cherken que lideran una campaña que no había visto nunca en Barranquilla. Una
campaña comparable a la que en los años 40´s lideró Ezequiel Rosado cuando
logró con el apoyo de rectores de colegios, sembrar masivamente arboles por la
ciudad, con las manos de los estudiantes de la época. Y fueron esos estudiantes
los responsables de los árboles que hoy disfrutamos en calles como la del
Boulevar del Prado y en barrios populares de Barranquilla como la Ceiba, La
Victoria y el Carmen, que sembraron ayer y cuyos vecinos hoy disfrutan de
sombra y frescor en las tardes barranquilleras.
Un par de valientes, montaron una
campaña bellísima. BARRANQUILLA SIEMBRA. Porque si nosotros los Barranquilleros,
no sembramos, no tendremos legado que dejarle a nuestros hijos. No tendremos
herencia que enorgullezca a nuestros futuros habitantes. Si nosotros no
sembramos, la Arenosa, será mas Arenosa que nunca, llena de calles sin sombras,
de edificios enormes con ridículas palmeritas playeras mal ubicadas
recordándonos el calor del mar, en una ciudad que debe ser un ejemplo de calles
frescas y calor de gente.
Soy Pamela Cruz escribiendo hoy
03 de junio/2013 para apoyar una campaña que busca dejar un legado colectivo a esta
ciudad. Sembrar un árbol, Tener un hijo y escribir un libro. Con hacer una de
las tres, ya tenemos asegurada la inmortalidad y la huella en esta tierra.