Esta soy yo.


"Lo que inició como un espacio de desahogo, se convirtió en un espacio de testimonio. Lo que Dios ha hecho en mi vida, es mi deber contarlo. No para mí sino para glorificar Su Nombre, sobre todo nombre. Él vive, Él nos ama, Él es real. Él cambió mi vida, para siempre."

lunes, 20 de julio de 2015

UNA ZOZOBRA PERMANENTE


Hace muchos años en la clase de naturales nos enseñaron el ciclo natural de la vida: Nacer, crecer, reproducirse y morir. Cuando uno es niño es muy poca muerte la que se ve al paso. En mi caso solo he tenido 4 pérdidas enormes, nunca estuvieron antes de los 12 años y siempre cumplieron con ese ciclo natural. Eran adultos, ya habían vivido y en el caso de mi prima, aunque murió joven y dejo a sus 3 hijos huérfanos, había realizado los 3 pasos anteriores a morir. Hoy escribo con el corazón arrugado por una muerte temprana, una muerte que contradice el ciclo natural y que solo puedo justificar porque se trata de Su Voluntad y no la nuestra.

Desde que tengo el rótulo de madre en mi pecho, mi vida que aún tenia espacios sin llenar ha quedado completa. Y me siento feliz. Lo que no me vendieron cuando supe que iba a tener a mi hijo fue que esa felicidad y esa sensación de plenitud irían acompañadas de una permanente sensación de zozobra que creo me acompañara hasta que yo muera. 

El primer año de vida se duerme con un ojo abierto y el otro cerrado, con mil recetas médicas en la mesa de noche, con los teléfonos  de AMI, del pediatra, del neumólogo y de otros especialistas. Siempre alerta, nunca se duerme completamente en paz una noche. Luego, cuando finalmente pasan esos primeros 3 años de angustias, tapando los huecos de la ventana, las tomas eléctricas, subiendo las medicinas a la parte más alta de la casa, botando todo lo que tenga menos de 3 cm de tamaño para evitar asfixias, poniendo barandas de seguridad en balcones, mirando a todos como posibles secuestradores de mi cría, llegan más peligros a mi vida. Mejor dicho cuando tengo controlado el entorno, me lo cambian. Comienza el colegio y con él, las posibles cientos de enfermedades que siempre se pegan, la inapetencia al comer, el lápiz que le pueden enterrar en un ojo, el raspón, la siempre presente cicatriz de la barbilla fruto de la caída de frente y los 10 puntos que le colocan y toda la vida para recordar la primera marca en su cara. Pasa el jardín y los peligros son más grandes; un auto que puede atropellar, una caída de bicicleta, una caída hacia atrás en patines que pueden hacer un hematoma, una caída en árbol bajando mangos, una fractura, en fin. Todo lo que puede pasar en la edad hasta los 12. Luego cuando termina la edad y respiras un poco, tienes que prepararte para evitar las malas compañías, la droga, el embarazo, un bus que atropella, un carro lleno de jóvenes tomados manejando a 120 km por la 84. Una enfermedad que no nos esperábamos, una caída de deporte extremo. Una bala perdida. Y luego, cuando creemos que  ya paso lo peor, que por fin esta graduado, esta libre de drogas y tiene la vida por delante, allí cuando creemos que seremos libres de descansar y de viajar y de jubilarnos, puede que la vida también nos sorprenda. Nos sorprenda con una enfermedad para nuestro hijo, con un enemigo anónimo que lo deja herido de muerte en mitad de la calle, que haciendo deporte quede colgando de un árbol pegado a una cometa, que una enfermedad dormida despierte como un monstruo de su sueño, que el azar lo monte en un avión que nunca llegue, que se contagie sin que nadie lo sepa, que muera de repente. Y entonces nuestros peores temores, aquellos por lo que oramos tanto y pedimos a nuestro Dios, se cumplen y nos rompe en mil pedazos por dentro.

En la película Magnolias de Acero, una madre cuya hija muere tempranamente, reflexionando sobre la situación, se consuela diciendo que ella tuvo el privilegio de verla nacer y verla morir en sus brazos. En mi iglesia mi Párroco dice que las desgracias vienen no por obra de Dios sino porque así es la vida. Y que nuestra verdadera misión es prepararnos interiormente para poder soportarlas. Confieso que aún no tengo esa  preparación y que debe ser intensa porque la pérdida de un hijo debe dejar a la madre como a un sobreviviente de infarto, viviendo con medio corazón porque el resto ya está totalmente muerto.


Soy Pamela Cruz escribiendo sobre un tema al que le temo profundamente, hoy a 2 horas de darle sepultura a una hija, una niña cuya madre tiene hoy, el corazón destrozado una madre para la que no me han salido palabras de consuelo, porque yo misma no las encuentro.  Abril 10 2010.