Hace muchos años en la clase de
naturales nos enseñaron el ciclo natural de la vida: Nacer, crecer,
reproducirse y morir. Cuando uno es niño es muy poca muerte la que se ve al
paso. En mi caso solo he tenido 4 pérdidas enormes, nunca estuvieron antes de los 12 años y
siempre cumplieron con ese ciclo natural. Eran adultos, ya habían vivido y en
el caso de mi prima, aunque murió joven y dejo a sus 3 hijos huérfanos, había
realizado los 3 pasos anteriores a morir. Hoy escribo con el corazón
arrugado por una muerte temprana, una muerte que contradice el ciclo natural y
que solo puedo justificar porque se trata de Su Voluntad y no la nuestra.
Desde que tengo el rótulo de
madre en mi pecho, mi vida que aún tenia espacios sin llenar ha quedado
completa. Y me siento feliz. Lo que no me vendieron cuando supe que iba a tener
a mi hijo fue que esa felicidad y esa sensación de plenitud irían acompañadas
de una permanente sensación de zozobra que creo me acompañara hasta que yo
muera.
El primer año de vida se duerme con
un ojo abierto y el otro cerrado, con mil recetas médicas en la mesa de noche,
con los teléfonos de AMI, del
pediatra, del neumólogo y de otros
especialistas. Siempre alerta, nunca se duerme completamente en paz una noche.
Luego, cuando finalmente pasan esos primeros 3 años de angustias, tapando los
huecos de la ventana, las tomas eléctricas, subiendo las medicinas a la parte más
alta de la casa, botando todo lo que tenga menos de 3 cm de tamaño para evitar
asfixias, poniendo barandas de seguridad en balcones, mirando a todos como
posibles secuestradores de mi cría, llegan más peligros a mi vida. Mejor dicho
cuando tengo controlado el entorno, me lo cambian. Comienza el colegio y con
él, las posibles cientos de enfermedades que siempre se pegan, la inapetencia
al comer, el lápiz que le pueden enterrar en un ojo, el raspón, la siempre
presente cicatriz de la barbilla fruto de la caída de frente y los 10 puntos
que le colocan y toda la vida para recordar la primera marca en su cara. Pasa
el jardín y los peligros son más grandes; un auto que puede atropellar, una caída de
bicicleta, una caída hacia atrás en patines que pueden hacer un hematoma, una
caída en árbol bajando mangos, una fractura, en fin. Todo lo que puede pasar en
la edad hasta los 12. Luego cuando termina la edad y respiras un poco, tienes
que prepararte para evitar las malas compañías, la droga, el embarazo, un bus
que atropella, un carro lleno de jóvenes tomados manejando a 120 km por la 84.
Una enfermedad que no nos esperábamos, una caída de deporte extremo. Una bala
perdida. Y luego, cuando creemos que ya
paso lo peor, que por fin esta graduado, esta libre de drogas y tiene la vida
por delante, allí cuando creemos que seremos libres de descansar y de viajar y
de jubilarnos, puede que la vida también nos sorprenda. Nos sorprenda con una enfermedad
para nuestro hijo, con un enemigo anónimo que lo deja herido de muerte en mitad
de la calle, que haciendo deporte quede colgando de un árbol pegado a una
cometa, que una enfermedad dormida despierte como un monstruo de su sueño, que
el azar lo monte en un avión que nunca llegue, que se contagie sin que nadie lo
sepa, que muera de repente. Y entonces nuestros peores temores, aquellos por lo
que oramos tanto y pedimos a nuestro Dios, se cumplen y nos rompe en mil
pedazos por dentro.
En la película Magnolias de Acero, una madre cuya hija muere tempranamente, reflexionando sobre la
situación, se consuela diciendo que ella tuvo el privilegio de verla nacer y
verla morir en sus brazos. En mi iglesia mi Párroco dice que las desgracias
vienen no por obra de Dios sino porque así es la vida. Y que nuestra verdadera
misión es prepararnos interiormente para poder soportarlas. Confieso que aún no
tengo esa preparación y que debe ser
intensa porque la pérdida de un hijo debe dejar a la madre como a un
sobreviviente de infarto, viviendo con medio corazón porque el resto ya está
totalmente muerto.
Soy Pamela Cruz escribiendo sobre
un tema al que le temo profundamente, hoy a 2 horas de darle sepultura a una
hija, una niña cuya madre tiene hoy, el
corazón destrozado una madre para la que no me han salido palabras de consuelo,
porque yo misma no las encuentro. Abril
10 2010.