Esta soy yo.


"Lo que inició como un espacio de desahogo, se convirtió en un espacio de testimonio. Lo que Dios ha hecho en mi vida, es mi deber contarlo. No para mí sino para glorificar Su Nombre, sobre todo nombre. Él vive, Él nos ama, Él es real. Él cambió mi vida, para siempre."

lunes, 20 de julio de 2015

BARRANQUILLA: Del Mejor vividero del Mundo a la Ciudad del Absurdo – Parte I

De las cosas que me encanta contar cuando estoy en reuniones de amigos o conocidos es de mi origen cachaco. Todos se sorprenden porque ni el hablado, ni los gestos, ni mis maneras reflejan mi origen. Solo me delatan dos cosas: mi forma de bailar, motivo de burla de mi esposo, y el reto imposible de “La cumbia” arrastrando los dos pies. Solo logro bailarla y medio dominar las caderas cuando subo un pie y literalmente, cojeo. Es la única cosa que me delataría si alguien me detalla con cuidado. Bueno, eso y no desayunar algunos de los manjares costeños a los que me rehuso en horas de la mañana, como yuca con queso y pescado que le encantan a mi consorte. Realmente por mis venas corre sangre tolimense y boyacense, es posible que hasta sea una extraña mezcla Pijao y Muisca, realmente peligrosa.

Mi familia llegó a Barranquilla, el paraíso que no fue tocado por la violencia de 9 de abril, mucho después de ese hecho, en el 73. Se huía de la desgracia de la pobreza. Bogotá era presa del desempleo y de una recesión terrible. Mi padre encontró en Barranquilla, un lugar tranquilo, caliente, fantástico para su garganta donde criar 3 hijas de las cuales la mayor tenía 6 años y la menor acaba de nacer. Así que por crianza, soy hija de esta ciudad que me recibió cuando aún seguía en pañales.  

La vida en Barranquilla no ha sido fácil. Pero ha sido normal. Para nosotros fue normal que tuviéramos por todos  los rincones de la casa, tanques de agua porque el acueducto municipal solo enviaba agua en las noches tres veces a la semana. Las casas de los ricos tenían tanques subterráneos, pero vivíamos de la misma carencia, paradójicamente, al lado del Rio más ancho y más caudaloso de Colombia. Crecí con el inconsciente colectivo de que era normal encontrar a los de las empresas públicas municipales haciendo huelgas permanentes, los teléfonos cortados, la luz a medias por cuenta de la Electrificadora del Caribe, creo que se llamaba. Mis primeros años fueron en el mítico Barrio Abajo, Cra 50 # 50 -118 donde pasa un arroyo de esos monumentales que nos hacían las tardes memorables, viendo como pasaban raudos y veloces los artículos más inverosímiles que podría ver  uno en la calle. Colchones, muñecos, bolsas de basura, motos arrastradas, eran de las cosas que una veía asomada a la ventana mientras el rio pasaba frente a mi edificio. Mis hermanas y yo apostábamos sobre qué veríamos pasar en esas aguas turbias mientras crecía hasta llegar casi al andén y asustarnos lo suficiente. 

Nos encantaba visitar el Parque de los fundadores, el único lugar cuidado, casi era un monumento, era un honor leer una y otra vez los nombres de las cabezas de esos seres pioneros de la aviación en el país. Los domingos pasábamos en parques que no tenían grama, que tenían deslizaderos que alguna vez me dejaron una horrorosa marca en mi trasero porque no deslizaban. Era normal el tierrero, Pensaba. Es que vivimos en la Arenosa.

Era una niña feliz, a la que le encantaban los carnavales y sentía que vivía en la ciudad más feliz del país. Todo era normal en mi mundo, todo era normal en la Barranquilla de mi imaginaria infancia. 

Soy Pamela Cruz escribiendo esta primera parte el 19 de septiembre del 2014 de un largo rosario de ejemplos donde he visto convertir a esta ciudad en un completo absurdo.