Esta soy yo.


"Lo que inició como un espacio de desahogo, se convirtió en un espacio de testimonio. Lo que Dios ha hecho en mi vida, es mi deber contarlo. No para mí sino para glorificar Su Nombre, sobre todo nombre. Él vive, Él nos ama, Él es real. Él cambió mi vida, para siempre."

domingo, 19 de julio de 2015

QUE EL DIA NOS TOME CONFESADOS

“Cada uno iba en lo suyo. Mientras el perro olisqueaba cada centímetro de hierba y dejaba su huella, ella caminaba al ritmo del animal,  jalada por su correa; pensaba en la ausencia de su pareja, en los días que faltaban para volver a verle, en todos los preparativos que aun le faltan para la ceremonia de su hijo, incluso alcanzó a sorprenderse por la nueva pintura del edificio por donde pasaban. De pronto una lluvia de algo parecido a piedras, interrumpió sus pensamientos. No entendía que pasaba, no asimilaba qué la golpeaba. Buscaba el origen de las que imaginó eran piedritas que le caían, miro hacia arriba y miró hacia al lado.  Como en una película, por un instante no hubo sonido. Luego todo se aclaró. Desde una camioneta blanca, cuatro puertas, con platón, 4 niños de no mas de 14 años miraban, mientras uno de ellos con la ventaba abajo disparaba ráfagas de algo que no entendió que era hasta que escuchó el sonido de metralla, similar al de las películas.  Con la risa en la boca, y la gracia de quien esta jugando uno de aquellos juegos de video, el niño encontró en ella el blanco que necesitaban. Todo cobro sentido, “me están disparando. Dios mío me están matando”, pensó, y ante la impotencia de quien esta siendo ultrajado, trato de protegerse con la única mano libre que tenía. Necesitaba hacer algo, pero en los pocos segundos que duró la agresión, recordó su celular con cámara de fotos, la sacó y en ese momento, los niños, sintiendo que iban a ser descubiertos, solo gritaron “¡Pilas!! arranca, arranca.” y huyeron, muertos de la risa. La cámara solo capturó el instante borroso de la huida, y el ojo de ella solo alcanzo a ver, en medio de de la angustia, una placa que no pudo  memorizar y que comenzaba por Q. Desde una esquina medio oscura, la gente que quedo paralizaba mientras todo pasaba la miraba, en silencio, esperando que ella dijera algo. Ella mientras tanto, se revisaba, pensando si habían sido balas de verdad y si, como en algunas historias que conocía desde niña, tenía alguna herida en  su cuerpo por balas de balines. Realizado el inventario corporal, y recuperando el control de sus movimientos, llamó desde el celular al 112 a un policía que nunca pidió su nombre y que nunca llego, terminó de pasear al perro con la angustia de quien ha sido violado y ultrajado en el rincón oscuro de una noche solitaria, sin testigos o como en su caso, con testigos del silencio.Mientras caminaba a toda prisa para llegar a casa, pensaba si lo que acababa de vivir se asemejaba a los últimos instantes de la vida de tantas personas a quienes sorprende la muerte de manos de alguien que les dispara desde un carro o desde una moto mientras caminan. Llegó a su casa, soltó a su perro y en la soledad  de su cuarto, lloró y lloró. “ 

Esta historia no es fantástica, no es contada. No es extraída de ninguna novela. Es mía y solo mía. Me sucedió anoche mientras sacaba a mi perro, en una calle de mi ciudad, de mi barrio y mientras pensaba en todo lo que les acabo de narrar. Lloré por el ultraje, lloré por los niños que están  jugando con gente real sus juegos de video, lloré por el futuro de los niños como mi hijo, lloré de impotencia por no haber anotado la placa, por haberme quedado inmóvil mientras ellos se reían, lloré por la humillación. Lloré de tristeza. Lloré de rabia porque la policía nunca llegó.

 Lo comparto, se los escribo, porque es la única forma que encontré para expulsar de mí, esta horrible angustia que desde anoche me acompaña. 


Soy Pamela Cruz y gracias a Dios este incidente me tomo confesada. Dicha que es posible no hayan tenido los pobres desgraciados que mueren por actos con balas de verdad y no como las balas con las que jugaron conmigo anoche.