“Cada uno iba en lo suyo. Mientras el perro olisqueaba cada
centímetro de hierba y dejaba su huella, ella caminaba al ritmo del
animal, jalada por su correa; pensaba en
la ausencia de su pareja, en los días que faltaban para volver a verle, en
todos los preparativos que aun le faltan para la ceremonia de su hijo, incluso
alcanzó a sorprenderse por la nueva pintura del edificio por donde pasaban. De
pronto una lluvia de algo parecido a piedras, interrumpió sus pensamientos. No
entendía que pasaba, no asimilaba qué la golpeaba. Buscaba el origen de las que
imaginó eran piedritas que le caían, miro hacia arriba y miró hacia al
lado. Como en una película, por un
instante no hubo sonido. Luego todo se aclaró. Desde una camioneta blanca,
cuatro puertas, con platón, 4 niños de no mas de 14 años miraban, mientras uno
de ellos con la ventaba abajo disparaba ráfagas de algo que no entendió que era
hasta que escuchó el sonido de metralla, similar al de las películas. Con la risa en la boca, y la gracia de quien
esta jugando uno de aquellos juegos de video, el niño encontró en ella el
blanco que necesitaban. Todo cobro sentido, “me están disparando. Dios mío me
están matando”, pensó, y ante la impotencia de quien esta siendo ultrajado,
trato de protegerse con la única mano libre que tenía. Necesitaba hacer algo,
pero en los pocos segundos que duró la agresión, recordó su celular con cámara
de fotos, la sacó y en ese momento, los niños, sintiendo que iban a ser
descubiertos, solo gritaron “¡Pilas!! arranca, arranca.” y huyeron, muertos de
la risa. La cámara solo capturó el instante borroso de la huida, y el ojo de
ella solo alcanzo a ver, en medio de de la angustia, una placa que no pudo memorizar y que comenzaba por Q. Desde una esquina
medio oscura, la gente que quedo paralizaba mientras todo pasaba la miraba, en
silencio, esperando que ella dijera algo. Ella mientras tanto, se revisaba,
pensando si habían sido balas de verdad y si, como en algunas historias que
conocía desde niña, tenía alguna herida en
su cuerpo por balas de balines. Realizado el inventario corporal, y
recuperando el control de sus movimientos, llamó desde el celular al 112 a un
policía que nunca pidió su nombre y que nunca llego, terminó de pasear al perro
con la angustia de quien ha sido violado y ultrajado en el rincón oscuro de una
noche solitaria, sin testigos o como en su caso, con testigos del silencio.Mientras caminaba a toda prisa para llegar a casa, pensaba
si lo que acababa de vivir se asemejaba a los últimos instantes de la vida de
tantas personas a quienes sorprende la muerte de manos de alguien que les
dispara desde un carro o desde una moto mientras caminan. Llegó a su casa,
soltó a su perro y en la soledad de su
cuarto, lloró y lloró. “
Esta historia no es fantástica, no es contada. No es
extraída de ninguna novela. Es mía y solo mía. Me sucedió anoche mientras
sacaba a mi perro, en una calle de mi ciudad, de mi barrio y mientras pensaba
en todo lo que les acabo de narrar. Lloré por el ultraje, lloré por los niños que están jugando con gente real sus juegos de video,
lloré por el futuro de los niños como mi hijo, lloré de impotencia por no haber
anotado la placa, por haberme quedado inmóvil mientras ellos se reían, lloré
por la humillación. Lloré de tristeza. Lloré de rabia porque la policía nunca
llegó.
Soy Pamela Cruz y gracias a Dios este incidente me tomo
confesada. Dicha que es posible no hayan tenido los pobres desgraciados que
mueren por actos con balas de verdad y no como las balas con las que jugaron
conmigo anoche.