Esta soy yo.


"Lo que inició como un espacio de desahogo, se convirtió en un espacio de testimonio. Lo que Dios ha hecho en mi vida, es mi deber contarlo. No para mí sino para glorificar Su Nombre, sobre todo nombre. Él vive, Él nos ama, Él es real. Él cambió mi vida, para siempre."

lunes, 20 de julio de 2015

PELANDO CEBOLLAS, AFLORANDO LAGRIMAS


Comenzó un nuevo año y con él, la consabida y tradicional revolución casera que consiste en sacar y revolcar de pies a cabeza todo lo que compone nuestro hogar. Es una tradición, no se si de mi casa o de la humanidad en general. En la mía el 24 y el 31 de diciembre, mi hermana, cual generala mayor, nos obligaba a revolcar toda la casa, y a sacar, botar o limpiar lo que quedara para el año siguiente.Era como sacar los espíritus del pasado, también las polillas, cucarachas y todo lo que hubiera por ahí que no mereciera pasar otro año con nosotros.

Este año en mi casa no fue la excepción. La generala del aseo soy yo y literalmente obligue a los hombres de mi casa a un exhaustivo y maratónico aseo general de sus pertenencias, que siendo hombres guardan una cantidad bastante peculiar de cosillas extrañas. Pepas de mango como recuerdo, checas o tapitas de gaseosa para fines insospechados, clavos puntillas y demás por si acaso se requieren dentro de 10 años, que sé yo.

En todo caso uno de los guardados que un tenia por allí, era una maleta llena, literalmente de mi vida pasada. Diarios desde que tengo 8 años, cartas escritas. Si, cartas que parecen ser un objeto de museo, en la época donde prácticamente han desaparecido gracias al email, los tweets, los mensajes de estado de FB y la inmediatez de las noticias. Conté como 50. De remitentes varios. Mis amig@s del pasado, aquellos que me escribían y describían a su novia de turno, me detallaban las crisis emocionales de la época, me contaban las travesuras que hacían en su época de colegio, periódico escolar, universidad, pasantías, viajes, y matrimonios, los que llegaron hasta el altar antes que el email acabara con la tradición hermosa de hacer cartas, y esperar casi mes y medio a que fueran respondidas. Cuando el destinatario era cumplido con su deber y respondía una vez recibida la carta. Si era como un amigo mío que quiero con el alma, podía esperar seis meses a que respondiera una misiva o enterarme por sus escritos en el periódico que existía, que aún vivía y que le iba bien.

Encontré fotografías de mis amigas en la época en las que éramos mas bien horribles y en un acto de compasión, decidí que esos recuerdos deben ir con cada cabeza y la imagen de cada amiga en la niñez, sea  distorsionada por cada uno de nosotros a nuestro antojo. Deseché las fotografías que no se compadecen del pasado de mis amigas en su niñez. Y conservé las que aún le hacen honor a que el tiempo nos mejora y nos recompone, tanto por dentro como por fuera. Encontré furtivas conversaciones en papelitos de la clase de geográfica donde acordábamos al cuota para regalar “acostumbradores y una blusa” a una compañera por la extravagante suma de $2,400 de la época. Para que se hagan a la idea, una tarjeta costaba $200. Asi que ese regalo era todo un lujo para estudiantes de 10 grado. Encontré papelitos con corazones amarillentos de amores platónicos de colegio, que nunca se concretaron, encontré copias de fax cuando estuve en España y mi padre me pedía que no llamara tanto para que no me gastara el poco dinero que tenia. Encontré un marranito con monedas que ya no existen, y con billetes que mi hijo dijo que eran de mentiras. No puede existir un billete tan chimbo, dijo. Iba pelando cebollas, pero con cada capa no me salían lágrimas. Me reía, me daba nostalgia, ver como la vida es un ratico, como pasa el tiempo y no nos damos cuenta. Y a la vuelta de 25 años ya vas para 40 y no te diste cuenta en qué momento sucedió todo. Entonces, encontré la capa que me hizo llorar. Una carta hermosa, una carta dolorosa, una carta única. La carta de un muerto de mi vida.

En mi vida cargo con pocos muertos. Gracias a Dios, me ha bendecido con una familia longeva y con pocas tragedias en mi vida. Esa carta es de una de las pocas tragedias de mi vida. El muerto de mi carta, era mi tío preferido. Tenía 35 años cuando murió y yo tenía 21. Y antes de su muerte, que ya sabía que estaba pronta a llegar, me escribió varias cartas. Las cartas que huelen a muerte, duelen. Las cartas donde el que la escribe esté reconciliado con la vida y espera la muerte lenta, con dolor, pero con tranquilidad, también duelen. Pero en mi vida nunca había encontrado una carta de un moribundo que hablara tan bien de su paso por la vida, de las lecciones aprendidas, de su tranquilidad al saber de su destino cercano y de la paz que trataba de transmitirnos. No lo logró en su momento, pero hoy entiendo cada palabra escrita en esa carta y me dieron un gran consuelo.

En el libro de Bryan Weiss “Muchas vidas muchos maestros” hablan de la inmortalidad del alma, y del paso por cada vida como la única forma de aprender lecciones que de otra forma el alma no aprendería. Habla de la necesidad del alma de vivir la vida que le ha sido asignada para aprender y para trascender. Encontré esa carta en un momento de mi vida donde estoy buscando un significado a la vida, a las lecciones que debemos aprender y con ella al fin aprendí un poco de la corta vida y de la muerte de mi tio. Y espero haber aprendido algo de la corta existencia que cada uno tiene en este planeta.


Soy Pamela Cruz, escribiendo el 9 de enero/12 desde un paraje cercano, segura que mis cartas guardadas me irán quitando capas de recuerdos que pueden hacerme llorar, pero que me van enseñando más de la belleza de mi vida, de las bellezas vividas en el pasado y de las maravillas que aun me faltan por vivir.