Comenzó un nuevo año y con él, la
consabida y tradicional revolución casera que consiste en sacar y revolcar de
pies a cabeza todo lo que compone nuestro hogar. Es una tradición, no se si de
mi casa o de la humanidad en general. En la mía el 24 y el 31 de diciembre, mi
hermana, cual generala mayor, nos obligaba a revolcar toda la casa, y a sacar,
botar o limpiar lo que quedara para el año siguiente.Era como sacar los espíritus del
pasado, también las polillas, cucarachas y todo lo que hubiera por ahí que no
mereciera pasar otro año con nosotros.
Este año en mi casa no fue la
excepción. La generala del aseo soy yo y literalmente obligue a los hombres de
mi casa a un exhaustivo y maratónico aseo general de sus pertenencias, que
siendo hombres guardan una cantidad bastante peculiar de cosillas extrañas.
Pepas de mango como recuerdo, checas o tapitas de gaseosa para fines
insospechados, clavos puntillas y demás por si acaso se requieren dentro de 10
años, que sé yo.
En todo caso uno de los guardados
que un tenia por allí, era una maleta llena, literalmente de mi vida pasada.
Diarios desde que tengo 8 años, cartas escritas. Si, cartas que parecen ser un
objeto de museo, en la época donde prácticamente han desaparecido gracias al
email, los tweets, los mensajes de estado de FB y la inmediatez de las
noticias. Conté como 50. De remitentes varios. Mis amig@s del pasado, aquellos
que me escribían y describían a su novia de turno, me detallaban las crisis
emocionales de la época, me contaban las travesuras que hacían en su época de
colegio, periódico escolar, universidad, pasantías, viajes, y matrimonios, los
que llegaron hasta el altar antes que el email acabara con la tradición hermosa
de hacer cartas, y esperar casi mes y medio a que fueran respondidas. Cuando el
destinatario era cumplido con su deber y respondía una vez recibida la carta.
Si era como un amigo mío que quiero con el alma, podía esperar seis meses a que
respondiera una misiva o enterarme por sus escritos en el periódico que
existía, que aún vivía y que le iba bien.
Encontré fotografías de mis
amigas en la época en las que éramos mas bien horribles y en un acto de
compasión, decidí que esos recuerdos deben ir con cada cabeza y la imagen de
cada amiga en la niñez, sea distorsionada
por cada uno de nosotros a nuestro antojo. Deseché las fotografías que no se
compadecen del pasado de mis amigas en su niñez. Y conservé las que aún le
hacen honor a que el tiempo nos mejora y nos recompone, tanto por dentro como
por fuera. Encontré furtivas conversaciones en papelitos de la clase de
geográfica donde acordábamos al cuota para regalar “acostumbradores y una
blusa” a una compañera por la extravagante suma de $2,400 de la época. Para que
se hagan a la idea, una tarjeta costaba $200. Asi que ese regalo era todo un
lujo para estudiantes de 10 grado. Encontré papelitos con corazones
amarillentos de amores platónicos de colegio, que nunca se concretaron,
encontré copias de fax cuando estuve en España y mi padre me pedía que no llamara
tanto para que no me gastara el poco dinero que tenia. Encontré un marranito
con monedas que ya no existen, y con billetes que mi hijo dijo que eran de
mentiras. No puede existir un billete tan chimbo, dijo. Iba pelando cebollas,
pero con cada capa no me salían lágrimas. Me reía, me daba nostalgia, ver como
la vida es un ratico, como pasa el tiempo y no nos damos cuenta. Y a la vuelta
de 25 años ya vas para 40 y no te diste cuenta en qué momento sucedió todo.
Entonces, encontré la capa que me hizo llorar. Una carta hermosa, una carta
dolorosa, una carta única. La carta de un muerto de mi vida.
En mi vida cargo con pocos
muertos. Gracias a Dios, me ha bendecido con una familia longeva y con pocas
tragedias en mi vida. Esa carta es de una de las pocas tragedias de mi vida. El
muerto de mi carta, era mi tío preferido. Tenía 35 años cuando murió y yo tenía
21. Y antes de su muerte, que ya sabía que estaba pronta a llegar, me escribió varias
cartas. Las cartas que huelen a muerte, duelen. Las cartas donde el que la
escribe esté reconciliado con la vida y espera la muerte lenta, con dolor, pero
con tranquilidad, también duelen. Pero
en mi vida nunca había encontrado una carta de un moribundo que hablara tan
bien de su paso por la vida, de las lecciones aprendidas, de su tranquilidad al
saber de su destino cercano y de la paz que trataba de transmitirnos. No lo
logró en su momento, pero hoy entiendo cada palabra escrita en esa carta y me
dieron un gran consuelo.
En el libro de Bryan Weiss
“Muchas vidas muchos maestros” hablan de la inmortalidad del alma, y del paso
por cada vida como la única forma de aprender lecciones que de otra forma el
alma no aprendería. Habla de la necesidad del alma de vivir la vida que le ha
sido asignada para aprender y para trascender. Encontré esa carta en un momento
de mi vida donde estoy buscando un significado a la vida, a las lecciones que
debemos aprender y con ella al fin aprendí un poco de la corta vida y de la
muerte de mi tio. Y espero haber aprendido algo de la corta existencia que cada
uno tiene en este planeta.
Soy Pamela Cruz, escribiendo el 9
de enero/12 desde un paraje cercano, segura que mis cartas guardadas me irán
quitando capas de recuerdos que pueden hacerme llorar, pero que me van
enseñando más de la belleza de mi vida, de las bellezas vividas en el pasado y
de las maravillas que aun me faltan por vivir.